miércoles, 27 de junio de 2018

Mariana Finochietto


2

En el piso de la casa de mi infancia
de prolijo establo de madera,
un agujero,
hijo de un nudo de algún tronco, 
regía el universo.

Allá abajo, 
donde el hueco se expandía,
contaban de un sótano en la tierra
que fue cava 
alguna vez.

Yo lo dudaba.
Con la sabiduría de los chicos
presumía
que en lo subterráneo, 
lejos de las luces que mamá
encendía, 
latía, agazapada, 
una oscuridad
más honda que las otras.

Cada noche
de muchas noches de mi infancia,
las pasé tirando papelitos
a ese enorme vacío
que fue mi primera idea de la soledad. 

31

Te vas,
gastándote de a poco, 
borrándote despacio
como en esas polaroid
de los setenta
donde nos buscamos, 
inútilmente, 
perdidos
en la bruma.
Te vas porque es ley
que debas irte.
Te voy a extrañar,
como han extrañado
todos los hijos de la tierra.

Ojalá
que donde vayas
haya un río
donde naden
bagres
que se entreguen al anzuelo,
pero por dios,
que no te resulte
demasiado fácil.

que vas a tener
caballos cerca,
siempre con la montura lista
para cuando yo te encuentre. 

48

¿Dónde el azul
que ardía en mi memoria
con la furia 
del linar al sol?

¿Dónde el río
que guiaba
la crudeza
de la hoja en blanco?

¿Dónde el lenguaje
pronunció significados?

Lo que nombro me evade.
Huye de mí
como los pájaros de la tormenta.

Todas las palabras dicen
la muerte de mi padre. 

de La hija del pescador - Editorial La Magdalena, 2016

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