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domingo, 28 de julio de 2019

miércoles, 5 de junio de 2019

miércoles, 29 de mayo de 2019

martes, 22 de enero de 2019

FLORA LEVI





Poemas de Flora Levi leídos durante la emisión Nª 13 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 04 de octubre de 2018

miércoles, 10 de octubre de 2018

DENISE LEON





Poemas de Denise León leídos durante la emisión Nª 11 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 20 de serptiembre de 2018

jueves, 4 de octubre de 2018

HUGO LUNA





poemas de Hugo Luna, leídos durante la emisión del programa radial un caos lúcido por la ragna rock: https://laragnarock.blogspot.com.ar/ , el 13 de septiembre de 2018

ALFREDO LUNA





poemas de Alfredo Luna, leídos durante la emisión número 10 del programa un caos lúcido por la ragna rock https://laragnarock.blogspot.com.ar/ el 13 de septiembre de 2018



domingo, 31 de enero de 2016

António Lobo Antunes


Once y siete de la noche, levanto la cabeza hacia la ventana de la cocina y veo, repetido en el cristal, a un hombre que escribe sentado a la mesa, con una de sus manos en el papel y la otra en la frente. En la encimera, naranjas, frascos transparentes que brillan, un frasco oscuro entre los frascos transparentes(¿qué tendrá dentro?)y a mi alrededor y a través de mí luces de casas, árboles negros, la lluvia que multiplica los movimientos y les cambia el color, ora azules, ora amarillos, ora casi rojos. Ahora es la mano que sujeta la pluma la que recorre la frente con los dedos, despacito. Vuelvo a escribir y el hombre escribe también. Yo escribo esto. Él, aunque me imite en todo, juraría que escribe cualquier otra cosa. ¿Qué? Poniéndome en su lugar, supongo que imagina que soy yo quien escribe cualquier otra cosa. Probablemente, ninguno de nosotros escribe esto. Probablemente ambos escribimos cualquier otra cosa. ¿Cuántos seré?
No sé si os parecerá extraño lo que voy a decir, pero hay momentos en que siento junto a mí a las personas que han muerto

Automóviles en el viaducto, con faros que se duplican en el asfalto mojado. Los faros de los automóviles, redondos; los faros en el asfalto húmedo, alargados. Me rasco la cabeza, el hombre se rasca la cabeza. Intento no mirarlo.No sé si os parecerá extraño lo que voy a decir, pero hay momentos en que siento junto a mí a las personas que han muerto. Un peso de presencias como cuando sabemos, por un pálpito, en la espalda, que nos observan al pasar. Nos volvemos y es verdad: ahí hay una cara fija en nosotros que se desvía enseguida. La cara de un extraño o de una extraña que no volveremos a encontrar. Hay momentos en que da la impresión de que las cosas repiten mi nombre. ¿Qué harán las personas que han muerto cuando no están conmigo? ¿Cómo logran adivinar que estoy aquí?Cuando una persona escribe, todo se vuelve tan extraño: caminamos solos en un desierto de voces, de recuerdos que no nos pertenecen, de deseos ajenos. Dos más dos no da cuatro, da veintidós. Dostoievski afirmaba que dos más dos cuatro es una pared. Cuando una persona escribe, se instala en ella otra lógica que nos asusta. Al dejar el trabajo para el día siguiente, se tarda en volver al mundo de los otros, donde hay grifos, impuestos y periódicos. En el tejado contiguo al mío, un gato bajo la lluvia. Acaba encontrando refugio junto al canalón.Dentro de poco acabo esto, junto los folios y me levanto. Los golpeo sobre la mesa para emparejarlos. El António Lobo Antunes del reflejo golpea los suyos en el cristal para emparejarlos. Cuando se publique la crónica, ¿cuál de las nuestras saldrá?Doce de la noche y diecinueve en el reloj redondo. Hoy, el viento ha sacudido los árboles toda la tarde. Un mendigo viejo y una gitana con su hijo en brazos pedían limosna junto a un semáforo. El marido de la gitana echó al viejo. El viejo se acuclilló bajo la arcada de un edificio rezongando. Usaba una chaqueta sorprendente, a mitad de camino entre el oficial de Marina y el portero. Y pantalones galoneados. En una de las rodillas un remiendo con una tela diferente. Botas destrozadas. Un anillo en el pulgar. El marido de la gitana, en cambio, tenía una dignidad de embajador asirio. Los conductores de los automóviles ante quienes se inclinaban podrían ser sus criados. La gitana con el hijo en brazos desentonaba al lado de esta pareja de aristócratas: delgaducha, fea, con un defecto en el labio. El agua se le escurría del pelo, de la nariz, de la frente. Si siguiese lloviendo, las facciones se le escurrirían también y quedaría vacía. El viejo navegante fumaba como quien bebe zumos con pajita, hacía caer la ceniza con la uña veterana. Comienzo a luchar contra el sueño para acabar este texto. Es el reflejo el que abre la boca, no yo. Además, se parece cada vez menos a mí, me hace acordar al individuo con el que me encuentro por la mañana lavándose los dientes, todo párpados y sin afeitar, observándose a duras penas o instalándose en el bidé, sin quitarse el pijama, con la intención de seguir durmiendo. Abro la ducha para despabilarlo: allí está él, de pie detrás de la cortina, mirando el jabón y preguntándose-¿Para qué sirve esto?El jabón resbala en la bañera. Intenta cogerlo con el pie, atraerlo hasta el borde sin dejarlo caer, en una operación laboriosa. El jabón se asemeja a un caramelo gigante. Pensándolo bien, tal vez sería mejor publicar la crónica del hombre reflejado en la ventana de la cocina. Ninguno de los dos repara en el otro, él allá y yo aquí, imitándonos. Cuál de los dos entregó la moneda a la gitana que ni siquiera dio las gracias, la escondió luego en una especie de chal y salió de carrerilla bajo la lluvia hasta la marquesina de la parada del autobús donde un señor con gabardina fingió no verla, preocupado por una mancha en la manga, frotando, frotándola. En la encimera de la cocina, naranjas, frascos transparentes que brillan. No sé por qué motivo hay una rosa en un vaso. Medio seca, pobre, las hojas del tallo pálidas, los pétalos que poco a poco se ennegrecen. La cabeza de la rosa va inclinándose, inclinándose, acercándose a la mía. Ya no huele. Ningún automóvil en la calle. El gato ha desaparecido. Me llevo los folios y, al llegar a la puerta, me doy cuenta de que el hombre del reflejo sigue escribiendo. Publiquen su crónica y tiren ésta. De todos modos, no llegaré a terminarla.

sábado, 24 de octubre de 2015

Liliana Lukin


semilla

Madre ha sabido dejarnos solos
y nada que yo escriba ahora
será como habernos sabido dejar

(lo suficiente es siempre escaso
no colma la sed un solo vaso
cuando lo difícil es beber)

Madre ha podido con nosotros
y del montón hizo nuestra soledad

de carne de tesoro - Ed.Sudamericana, 1990

carta XXII

mi querida: por una los hombres se enloquecen
giran como insectos en la luz alrededor
de una idea
y sus circunvoluciones son un alimento
(hilos de palabras en el aire de la necesidad)

si los hombres no estuvieran
incesantes en su diversidad
qué sería de una de la idea de una:
la inanición segura la escritura en continuo
sosiego la pátina de duda vuelta seguridad

ah! mi querida: los hombres enloquecen por una
abusan
de nuestro proverbial buen humor y encanto personal

nosotras en el aire viciado de excitación
bebemos extasiadas nos quejamos de ellos
como quien no soporta tanta dicha

pero sus abusos son nuestros excesos:
en la soledad del cuerpo encontramos y olemos
lo que dejarán cuando recuperen la cordura

por una felizmente los hombres enloquecen
y felizmente abusan mi querida de nuestra delicada
situación

de Cartas, Ediciones de la Flor, 1992.



Tom Lupo


Vértigo

Los años
pasan
tan rápido
que me
zumban
los oídos.
En medio del vértigo
trato de colocar un gancho
en forma de pregunta
en los epílogos
de todas las biblias
y sueño que un golpe
de poesía
le hace cosquillas
a la lógica de Dios.


de Entre muebles y sombras

sábado, 3 de octubre de 2015

Mario Alonso Lopez Navarro


que lenta la vida

Que violenta la esperanza
Apollinaire

Ser un hombre
limitado a la caricia motriz
del suelo

Ser de aire de agua
entender la savia oculta
en el barniz de los sonidos
ser la espera
el mar
regresando
tocar tus labios
ser tu nariz
la forma serena de las cosas
repentinas

Sentir el frío el calor
el miedo
como oscuridad a tope
los meandros de la pesadilla

Escuchar la sangre llegar
a los pulmones
partir de pronto
sudar
rocío elemental
tomar las cosas
saber de su naranja
líquido

Estar vivo.

Fuente: Babelonia, opúsculo virtual de poesía Nª 13/2015 de Piero de Vicari

jueves, 9 de julio de 2015

la imprecisa voz que me sueña - Inés Legarreta


A Inés Legarreta le suceden sueños. De cada uno extraería un párrafo  y lo trasladaría a este espacio, pero  eso sería injusto, precario y corrupto porque sólo estarían leyendo mi mirada sobre sus sueños. A eso lo llamaría expropiación, y nadie que se apropie de la mirada de otro merece el regalo de un libro.

Un apenas:

Cita a Pier Paolo Pasolini: la verdad no está en un sueño sino en muchos sueños.

Dice en el prefacio: Los sueños, en su desorden,  tienen un hilo conductor que los hace intrépidos y sordos, pantalla de atrás del telón, voz de lo deseado en boca de extranjeros.

     Y a puro golpe de poesía, va cincelando  sus sueños, velos que desgaja de uno en uno, y en cada desprendimiento suelta a la Inesdurmiente, que se expande sin prejuicios, la Inesdurmiente, su preferida, quizá porque todas caben en ella.

…Allí los cajones y los placares se abren y saco una maza de madera, de esas que se usaban antes para aplastar la carne de las milanesas. La maza ocupa todo porque va a aplastar a alguien que no veo…

…Entonces alguien me mostraba a un niñito mirando a través de una ventana: tenía en la foto (porque le habían tomado varias fotos) una expresión cerrada y pensativa que se le marcaba en las mandíbulas; cuando crezca tendrá que usar protector bucal como yo, pensé y me dio lástima. Era tan armónico y bello, y sin embargo, algo le dolía.

…Finalmente visitaba una feria de cachorros, había muchos señores sentados en bancos, y al frente, cajas con los perritos recién nacidos o de meses; al ver tantos animales amontonados para la venta sentí asco, miré el piso y estaba lleno de papeles sucios, gusanos, heces. ¿Cómo fue que había llegado hasta allí?

En la declaración de amor por otra mujer había un reproche hacia mí o yo, que no soportaba las palabras, las desviaba sin ningún pudor; en la escena, la pareja mirándose con embeleso y mi figura, disminuida por la envidia, una mosca callada, sin volar…

…Lo hubiese matado. No sé que cosas le dije cuando lo insulté. Él seguía con esa sonrisa puesta, un disfraz, mientras se desplazaba por el consultorio de papá como un mono. Así dormí: entre la vieja casa, mi casa y el deseo insoportable de matar.


Todo lo demás en la imprecisa vos que me sueña, Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano - 2014

sábado, 30 de mayo de 2015

María Rosa Lojo

Riguroso silencio 

Ella cantaba en riguroso silencio, cantaba en sueños envuelta en las palabras que los sueños prestaban como guantes oscuros.
Empezaba otra vez todas las noches la misma canción: los pasos torpes, los ojos dormidos, arrojada violenta, a contraviento, por la luz exterior.
Ella fuera de la luz del mundo, ella sin casa sólo con un guante para apretar gargantas de mudez. Ella sentada a la orilla de su canción, como el pescador sobre el agua vacía.

Estructura de las casas 

Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.
Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas.
Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas.
En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

de Esperan la mañana verde (1998)

La desapareciente 

A las mujeres que me educaron, de quienes Leónie Duquet, "desaparecida" hace veinte años, es hoy un símbolo. A las que siguen dando testimonio.

Donde las estrellas se quiebran como vidrio pulverizado, donde nada sino el idéntico relato del vacío que parte y vuelve sobre los trenes desvencijados de la tierra, allí te pusiste a levantar tu casa pieza por pieza como una miniatura de ladrillo para que jugaran con ella los inocentes, allí empezaste a cantar una canción que abría una puerta al cielo y otra del infierno para que salieran las almas de sus cárceles y se comunicaran tiniebla y transparencia.
Allí te pusiste a esperar para que algo sanara, para que algo creciera, para que algo viviera.
Ellos te decían que no: los que llevaban la materia más segura de las ciudades pegada a los zapatos y regresaban a los giros del mundo.
Te decían que no.
Te señalaban con cabezas distantes borraban la  memoria de tu casa entre calles de vértigo.
Pero esperabas, estabas esperando.
Y buscabas las trizas de la luz caída y regabas con ácido las cenizas de los muertos por injusticia.
Una noche te vieron disuelta los pasajeros.
Estabas en la tierra estabas en el aire, estabas en el agua estabas en el fuego.
Blanca te vieron en la ondulante claridad de todos los colores.
Pero te hundieron debajo de las ruedas.
Cerraron las ventanas y cerraron las puertas y cerraron los ojos.
Y les tendías los brazos desde lo impalpable pidiendo que lo que fue no hubiese sido, reclamando al poder miserable y a todos los poderes, y al que Es para siempre pero no puede pero no está salvo en los sueños de los hombres.
Y rezabas para que algo sanara para que algo creciera para que algo que viviera, para que el tiempo aprendiese a restañar y a retroceder.
Por el día de resurrección por el día de gloria por el día de cuerpos reconstruídos, arrojando tus rosas de ácido contra las puertas sordas de los trenes, tus rosas de ácido contra las puertas cerradas del paraíso.


de esperan la mañana verde (1998)