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jueves, 28 de marzo de 2019

ALEJANDRO sCHMIDT





lectura de poemas de Alejandro Schmidt

viernes, 8 de febrero de 2019

DAVID ANTONIO SORBILLE





lectura de poemas de David Sorbille, durante la emisión del programa un caos lúcido por ragna rock, el 25 de octubre de 2018

lunes, 21 de enero de 2019

ZULMA LILIANA SOSA






Poemas de Zulma Liliana Sosa leídos durante la emisión Nª 13 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 04 de octubre de 2018

lunes, 8 de octubre de 2018

FLAVIA SOLDANO





Poemas de Flavia Soldano leídos durante la emisión Nª 11 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 20 de serptiembre de 2018

viernes, 21 de septiembre de 2018

GIANNI SICARDI



poemas de Gianni Sicardi leìdos en el programa radial un caos lúcido, por la ragna rock en agosto de 2018

JORGE SPINDOLA



poemas de Jorge Spindola, leídos en el programa radial un caos lúcido por la ragna rock en agosto de 2018

LUCIA SERRANO







poemas de Lucìa Serrano, leídos en el programa radial un caos lúcido por ragna rock en el mes de agosto de 2018

jueves, 9 de junio de 2016

Javier A. Saleh - Sujeto sobre uno avos


En la muestra, como llamó a la que cualquiera de nosotros llamaría presentación de un libro, no quiso comentarios (lo oí decir). Acá, en este blog, no lo sé. Tal vez, por el aguantador cariño que nos tenemos, me lo permita. Quizá no y entonces, por el aguantador cariño que nos tenemos, yo levante este post que pretende un entrar y andar  por su libro apenas, tabanear la curiosidad, encrespar al caballo.
En este mientras sin pausa, él escribe poniendo los piés en el papel para no caerse. Yo no lo sabía. Me pregunto porqué lo hace. Creí que sus pies siempre iban a los lados de su moto, como quién va domando un potro, pero no.

Disiento con él en que el silencio es el último método/ para entenderse con los demás, pero en el mismo poema comulgo: Sin embargo los ojos mudos son una partitura que hay que interpretar/somos justo ese miedo/de esta terrible rutina/donde nos palpan a cada minuto/para saber si todavía/técnicamente/estamos temblando.

Me pregunto si es su yo en estado de frontera el que duda. no es ésta nuestra última poesía/aunque se prediga la huída/de la propia ventana (...) Sin embargo/ ahí están los peces/ fuera del agua/dándose respiración boca a boca.
Si finalmente escribir es el mar amarrado a una isla/ es hundir las manos en el papel/ y buscar en la hoja en blanco/ como si bajo la pluma hubiera/ una mujer que no nos ama...

No ordena sus amores en las parcelas correspondientes, no porque anden desperdigados confundiéndolo. si no porque todo es uno y lo mismo: Sé que el fútbol no es cultura./ Cultura era quererte/esperarte era el ejemplo de la izquierda que nadie vota,/hoy que tu hijo no tiene mi apellido ni mis ojos/ sigue habiendo en la pared la palabra amor...

Y llega Edipo alrededor de ella: Tocar la foto de vos sin intemperie/ es un puñado de verdad en los ojos, (...) No debiste dejar el corpiño/ como señalador de Kafka. (...) Es que hay cosas que vos no sabés/ las clases de natación, por ejemplo/ que vos pensabas que eran un amante/ fueron para aguantar/ la respiración en tu boca.
Siguen esos dedos soltándose/ convertidos en mirada de soslayo/ como cuando el aire libre/ respiraba por nosotros/ y la lluvia era mi boca seca/ de un cielo clavado a tus pies/ la encía muerta de hambre/ tu nombre creciéndome/ en las orejas acostumbradas/ al eco de una saliva que ya no está/ la memoria de una transpiración/ todavía dando sombra.

Le atribuyo preguntas retóricas:
¿los ciegos, cuando mueren, no ven, la muerte venir?
¿no está Dios ahora sintiendo los dolores de los clavos?
¿qué cuenta hizo Jesús con los panes?

Y respuestas retóricas:
Te están educando para tener hambre/ a la hora que abren los restaurantes/ para dar nombres y apellidos/ para exagerar tu inglés tu quechua/ discar el número de la policía/ contar las noches que no soñás/ las cruces y la cantidad de sombra/que hacen los barcos hundidos. (…) Les están contando un cuento / (antes de dormir) / para soñar con otra cosa / les dibujan un después pequeñito / y como el mar / la sangre no se termina nunca

No hay autorretrato sin madre, ni madre sin muerte, ni muerte sin dogma cuestionable, ni se puede cuestionar el dogma sin al menos un poco de fé en el autorretrato

a esa quietud se fue / bien futuro con rueditas / bien ex mamá al tacto / ella no volverá de náufrago / en la saliva que no tragué/ y con su ideología de oleaje/ no será una sangre indeleble / que salpica (…) sin embargo a veces/ acomodándose del lado sano/ la sueño volviendo/ en una pierna/ como a saltos de embolsados/para que mi vía Apia/con su cara en coma farmacológico/ sea menos bíblica

Todos somos culpables hasta demostrar que Dios es inocente./Se elige por amor un paro cardíaco/ se elige la muerte por extrañar lo muerto
la ley de gravedad/se le cayó a Dios en un descuido/Dios se cree Dios/y sigue caminando de acá para allá/ sin levantar los ojos del cielo

pudo haber sido Javier Saleh
y fue muerte hora local
su única identidad
será abrigo de pasto
hacia todo lo que no es dolor
y ni siquiera le sirvió a la poesía
(extrañará tropezar con esa piedra)





lunes, 8 de febrero de 2016

Juan José Sena


El viento sopla ahora en las acacias, como la noche aquella en que se enloqueció la tierra y mi hermana decidió morirse. Sopla como un fantasma y arranca el alma de la primavera que ya debiera estar por empezar a hermosearse. Ruge como cien toros, como perros con hambre. Es una sola furia que arranca de cuajo lo único que nos está quedando de verde mustio en este suelo amargo que Dios ha puesto en abandono. Porque no nos llueve ni una lágrima desde hace meses y aquí se está empezando a resquebrajar lo que pisamos y más allá, en la loma, se está formando como un sueño de arena.

Allá se está adunando la venganza y amenaza venírsenos encima, con esa bronca ciega de la tierra, que no perdona, y como Dios tiene la vista en todas partes pero además es sordo, nos estamos quedando con las manos vacías y el despojo. Aunque mi abuela le siga prendiendo velas al santo que se trajo de Italia y se nos vinieron encima los gitanos para pedirnos fruta y mi abuelo se la negó y además les puso en las orejas la cuestión verdadera de que venían a jodernos y que mejor sería que nos dejaran en paz y se fueran bien lejos con sus mujeres y sus perros. Entonces fue cuando se bajó de una potranca una gitana gruesa como el aljibe, con una cara roja como el infierno y unos ojos que se me clavaron en la frente como un alambre oxidado. Se paró frente al abuelo que estaba sin moverse junto a la parva y tenía la horquilla fuerte en la mano y, después de mirarlo con esa fijeza que tienen los chimangos, le echó una maldición y todo el mal aliento de su boca de trapo. Le dijo algo así como que se nos iba a morir la tierra y se nos iba a envenenar las raíces de los que dan sombra. No habló mucho la vieja pero fue lo suficiente para que el cielo se nos echara atrás. Recuerdo que una nube muy negra le emponchó la cara al sol por un rato, todo el tiempo que la vieja gastó en encimarse a la potranca. Pero antes de montar volvió a mirarme más torcida y lo que se me clavó en alguna parte que ya no sé si era la frente o el corazón fue un miedo sucio, hediondo y viejo como ella misma, algo así como la noche aquella en que dormí al sereno y a una araña se le dio por anidarme la oreja. Me miró fijo y escupió. Entonces yo desvié la mirada y le seguí el gargajo hasta la tierra donde lo vi empollar como un insecto que ya nos empezara a envenenar el patio. Después escuché que se decían algo entre ellos en una lengua enrevesada y voz aguardentosa. Lo miré al abuelo y el abuelo seguía estaqueado allí donde se apostaba siempre que había que despedir a algún extraño que nos venía a robar tiempo. Ya había dicho las dos palabras claras que él sabía decir con voz definitiva siempre, y nos más iba a vérsele mover la barba de la cara para adobarle la partida a nadie. Los gitanos acabaron por irse y yo primero me subí a la tranquera y después al molino porque quería asegurarme de que no se nos apostaban por allí cerca, en una isleta de eucaliptos donde sabían acuartelarse los linyeras, y porque además me gustaba ver el caer del sol sobre sus colorinches, me gustaba ver el traperío que flameaba en los carros a esa hora en que un vientito dulzón sopla del lado en que se muere el día. Así fue que me quedé allá arriba hasta que todo se escondió. Los gitanos tomaron el camino que lleva al pueblo y en derredor de nuestra casa volvió a sombrear el silencio, pero el silencio como fondo, porque por encima de el se escuchaban los ruidos y las voces que a esa hora de la tarde venían desde el horizonte con una claridad de tono que no se percibía durante el día. Tan pronto eran perros que ladraban, como carros que volvían del monte, y su rodar cansado despedía por las ruedas como un gemido de gato herido. A veces era el pitido de una locomotora que se detenía en la estación, apenas un instante, y yo pensaba en mi madre, que hacía un año yo había llevado en el sulki hasta ese tren que nunca más la trajo, y me ponía a pensar lo lindo que sería tener que volver a atar el malacara al sulki para ir a la estación a buscarla, volviendo desde lejos, de una ciudad donde le habían remediado el corazón enfermo y ya no se volviese a ir. Fue esa noche misma, cuando ya nos habíamos ido a la cama, y estábamos todos bajo el calor de las cobijas y con los ladrillos que la abuela nos ponía en los pies, envueltos en franela, para que no se nos enfriara el cuerpo; en ese instante en que se nos cierran los ojos de mirar el mundo y se nos abren los de adentro para mirar el sueño; cuando la sangre se pone remolona, y lenta se va paseando por las venas, y uno se vuelve a sentir el niño protegido por una madre que lo arropa y lo vela mientras afuera están los árboles sin madre, con una luna fría sobre las hojas en que juega la escarcha; en ese instante, digo, el viento, que como de costumbre se escuchaba barrer y silbotear sobre las chapas, empezó a desatar un rencor concentrado. Primero fue un sonido como de animal que se arrastra babeando algún mal trato. Después un aguijoneo como de ramas que se abaten torcidas por el temporal, hasta que llegó un momento en que, como arrojado por el vientre del cielo, algo espantosamente grande y ardiente cayó junto a la casa y pareció sumirse en el pozo del agua, porque se escuchó un barboteo provocado por algo pesado que se hundía al tiempo que las gotas salpicaban las puertas y los muros como si los estuviera asperjando el demonio.
El alarido de los caballos era la única respuesta que escuchaba la furia, porque la abuela le hablaba a su Dios en un lenguaje inaudible, un cuchicheo secreto entre ella y él, enamorada sin correspondencia, y aún no resignada a sus desdenes. Ni a sus sadismos, porque no sé si aquello era su obra o la de su enemigo. Pero sea quién fuere —Dios o el Diablo—, cuando la abuela no había todavía acabado de circundar su gran rosario, y cuando ya todos nos habíamos desprendido del lecho para aventosarnos ante la ventana de la cocina a mirar cómo se nos iban partiendo quejumbrosos los árboles; en ese instante, digo, con ruido seco y bronco, y como desprendidas por una sola mano, empezaron a volarse las chapas y quedamos sin techo.
Entonces fue cuando mi hermana empezó a enloquecer. Sus ojos, azules como cuando amanece, se le hincharon de sangre, se le amorató la cara y con sus afiladas uñas se desgarró la ropa y huyó de nuestra casa gritando como una urraca herida. No pudimos seguirla, porque el viento nos hacía rebotar hacia el interior oponiéndonos un invisible obstáculo. A ella, en cambio, la tempestad la empujaba hacia la altura del molino y nosotros veíamos sus harapos blancuzcos ascendiendo con lento roce los peldaños que conducían a la torre, como si en torno de ella el vendaval formara una invisible campana que la aislaba en su vientre de lo que en torno era un azote ciego.
Después el viento no sopló más y la lluvia cesó. Entonces sentí como que el viento y la lluvia se habían estado amando desesperadamente en nuestra cara, como si todo fuera un placentero lecho para ejercer el frenesí, la gran locura sensual de los rigurosos elementos; sí, aquello era un endemoniado abrazo entre dos sexos portentosos que habían saciado su fervor en lo nuestro y habían engendrado destrucción y demencia. Vi aparecer de nuevo la cara gruñidora de la gitana vieja, que había sido la tercera, la celestina mañosa que había concertado semejante cita para placer de los demonios del viento y de la lluvia, y comprendí el sentido que tenía el pecado de fornicar que la catequista había tratado de hacerme entender inútilmente.
El abuelo me mandó que subiera a lo alto del molino donde el cuerpo de nuestra hermana se balanceaba todavía. Sus cabellos se habían enredado en las aletas de la rueda y una línea muy negra le recorría el cuello. Por allí el filo de la chapa le había llegado a la garganta. Pero no había sangre. Y tenía los ojos —sus ojos tan celestes— inmensamente abiertos, pero ya no miraban esta tierra sino que estaban vueltos hacia adentro, así como yo creía que debían volvérsenos a todos, cuando llegaba la hora de dormir, para mirar el sueño. (APP)

de Selección de cuentos, Dirección Provincial de Cultura de La Pampa-Municipalidad de la ciudad de Santa Rosa, Santa Rosa, 1973.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Poesía a la vista -




"Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los frances que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío" Albert Einstein




De las travesuras de Don Albert Einstein

Fue debajo del alboroto de sus cabellos,
de la indómita fronda donde la materia
en adelante llamado "masa" y la ráfaga
en adelante llamada "velocidad de la luz",
que se sentaron a la misma mesa en la energía
y del mismo plato comieron.
Luego, nada esperó la tierra
para darse vuelta como guante
y nada esperó el tiempo
para quebrar cada certeza
y nada la razón para desordenarse.
"La duda le arrebató el trono a Dios"
(Se lamentan los monjes)
Y sentencian los monjes:
"El alzado, el instigador, será condenado".
En la pantalla grande se lee:
"todo es relativo, absolutamente todo,
salvo para el ojo del observador"
que afirma:
"todo es relativo, absolutamente todo..."

Marcos Silber


Berna, 1905

La lucha a muerte o a vida entre el
Caos o Disolución y la Forma que lo
contenga (esto es: la retícula de Espacio-
Tiempo que torne habitable tal
contienda) a punto estuvo, en el remoto
1905, de provocar el luminoso espanto en la
Oficina de Patentes en Berna, y todo por
el cúmulo de signos proliferantes y de abstrusos
desvaríos, con ejemplos de focos de
luz proyectados hacia adelante y hacia
atrás, a bordo de interminables trenes en
marcha a todo vapor, luces que a los ojos
de un asombrado espectador en tierra firme
parecerían trastrocar su velocidad relativa y
es que aquel alucinado tren estaba en 
veloz marcha y por añadidura la Relatividad
afectará a la luz mismísima y así es cómo dos
mellizas se separan y una viaja a girar en el gran
cosmos, y la que queda en Tierra habrá de ser
algo más vieja que la hermana cósmica cuando
a abrazarla ésta regrese, a todas luces sumamente
emocionada (y pensando: Mi hermana tiene
hilos de plata en sus cabellos"). Y desde
entonces somos todos, hermanos y hermanas,
peregrinos o judíos errantes en las retículas del Tiempo.
Y todo ello por culpa del genial aburrimiento
de un joven Alberto Einstein, y sus Annalen
der Phisik, en 1905 y en una ya derruída, 
quizás polvorienta, oficina de Patentes de Berna

Jorge Ariel Madrazo

Ediciones El Mono Armado 2015


domingo, 10 de mayo de 2015

Juan José Saer



La orfandad me empujó a los puertos. El olor del mar y del cáñamo humedecido, las velas lentas y rígidas que se alejan y se aproximan, las conversaciones de viejos marineros, perfume múltiple de especias y amontonamiento de mercaderías, prostitutas, alcohol y capitanes, sonido y movimiento: todo eso me acunó, fue mi casa, me dio una educación y me ayudó a crecer, ocupando el lugar, hasta donde llega mi memoria, de un padre y una madre. Mandadero de putas y marinos, changador, durmiendo de tanto en tanto en casa de unos parientes pero la mayor parte del tiempo sobre las bolsas en los depósitos, fui dejando atrás, poco a poco, mi infancia, hasta que un día una de las putas pagó mis servicios con un acoplamiento gratuito —el primero, en mi caso- y un marino, de vuelta de un mandado, premió mi diligencia con un trago de alcohol, y de ese modo me hice, como se dice, hombre.


fragmento de el entenado - 3ª edición - Seix Barral, 2002

jueves, 16 de abril de 2015

Lucía Serrano


transmisión

Fue en el borde exacto del abismo,
no en las orillas de un río manso.
Fue entre conversaciones olvidadas,
no en el sentido de las palabras.
Fueron signos navegando sus dominios,
los que me concedieron una naturaleza deseante.
Ame, la cárcel de ese ministerio.
Tanta libertad, encadenaba la vida de un ser solitario.
A veces, quedábamos a solas, tú y yo entre montañas,
amaneceres y océanos abiertos.
Siempre me enamorabas, me enamorabas, me enamorabas.
Inclinación natural a las transparencias.
Una mujer extraña, ángel o demonio,
a punto de ser castigada permanentemente.
No pacta con los hombres en contra de los hombres.
Le fue prohibido.
Difícil arte, transmitir las veladuras.

del libro “Blues para la Corona”

un verdadero infierno

Siempre
             un recuerdo
             recuerda
a mis antepasados
             muertos.
Después,
               la lluvia
               lava
todos los ensueños.
Ya no busco a dios
     entre las ruinas,
             ahora
   lo siento más alto,
             el cielo
             es nuestro
Camarada de redes,
       pescadores,
              pescando
                   signos
                      inciertos.
Capitanes
       que abandonaron
                el barco
       para seguirnos.
Un verdadero infierno.


poema inédito

domingo, 28 de diciembre de 2014

Hubo un puerto de membrillo - David Antonio Sorbille

                                                                               

                                                   A “de rayo en fiesta”
                                                   de Alicia Pastore (2013)

Hubo un puerto de membrillo,
un recuerdo de caricias, una rosa temblorosa
en la infancia sedienta de certeza.
Hubo piedad y silencio, un espejo deformado,
la muerte blanca, el olvido fatal,
la tierra y su vientre, la mugre de la guerra,
el deseo en la vigilia imaginaria del tiempo,
el amor y el destino que acechaba,
el viento de las rebeliones atravesadas por la locura
de una era inquisorial,
y la palabra que resiste, no entrega fácilmente
su jadeo en el torrente que viaja en el duelo,
en la danza del fuego, en el desafío que viaja,
en la niña que se mece en el columpio de la vida,
en el misterio de la verdad sin cielo
como rayo en fiesta de una poesía que se hace piel,
alumbra el momento,
créeme: que esto es  así!



lunes, 3 de octubre de 2011

el cuento de Borges sobre "el cuento de Borges" Fernando Sorrentino

Como se sabe, Norman Thomas di Giovanni tradujo al inglés la mayor parte de la obra de Jorge Luis Borges. Entregado a esa labor, estuvo, hacia el año 1970, residiendo bastante tiempo en Buenos Aires.
Yo lo conocí, ví como trabajaba y puedo asegurar que el hombre era inteligente, culto y capaz, y muy puntilloso en su tarea.
Por razones que ignoro, lo cierto es que la relación amistosa entre Borges y di Giovanni terminó por deteriorarse, y que el escritor argentino quedó resentido con su traductor norteamericano.
Por tal motivo, años más tarde consideró oportuno revelar cierta anécdota. Ésta se halla en las páginas 36-38 del volumen de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, PROA, 2000), lectura que, dicho sea de paso, me permito recomendar fervorosamente.
Borges y Alifano están conversando sobre el hábito de tomar mate, los errores que se cometen en su preparación, las ácidas consecuencias de una ingesta exagerada, etcétera. Ahora bien, el mate no solo es la infusión sino tamnién el receptáculo en que se lo bebe. La estricta ortodoxia puede adquirir diversas formas reprobables (un jarrito celeste, en el caso de don Isidro Parodi de los Seis problemas; un mate de madera, en el del autor de estas lineas; y hasta -horresco referens- un vasito de vidrio en los ejemplos más heréticos). Habla Borges:

- Yo tenía dos clases de mate, uno tipo galleta, y otro común, tipo jarrito. Ahora, caramba, he perdido ese hábito -se lamenta-. No me cae bien; aunque a veces suelo incurrir en algunos mates, quizá para despuntar el vicio, como decía mi madre.
Borges hace una pausa, ríe picaramente y sigue hablando.
- Yo no le conté a usted lo que me pasó con di Giovanni? -comenta-. Bueno, él había traducido un libro mío al inglés. En uno de los relatos hay un indio que queda moribundo después de una batalla; se arrastra hasta el degollador y pide que lo terminen de matar. Dice así: "Mate, capitanejo Payé quiere morir". ¿Sabe qué puso di Giovanni, en una llamada que hiso al pie del libro?: "Mate:infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado bombilla". A mi me parece asombroso que no se diera cuenta de que lo que pedía el indio era que lo mataran y no que le cebaran unos mates... No sé, era como si pidiera una cerveza Quilmes o una ginebra Bols.

No puede negarse que la historia es graciosa.
Sin embargo, las cosas sucedieron de manera muy diferente.
Primero, les sugiero a los amigos curiosos que, en las obras de Borges traducidas al inglés por di Giovanni, busquen esa llamada al pié de la página, para verificar exactamente como es la cita.
En seguida les digo que fracasarán en su busca. No existe tal nota al pié debido a que no existe traducción de ese cuento al inglés.
Y no existe tal traducción al inglés debido a que jamás existió ese texto en español.
Mientras un segmento del cerebro de Borges exponía ante Alifano qué clases de mate tenía en su casa, otro segmento inventaba simultaneamente la realidad del cuento, el episodio, el capitanejo, su nombre, la súplica, la traducción al inglés, la nota a pié de página.
La alegría de improvisar, el gusto por la hipérbole, el placer del humorismo se aliaron en Borges para adjudicarle a su ex amigo di Giovanni un grado de estupidez y de ineptitud que este se hallaba muy lejos de padecer: un brillante ejercicio, en fin, de literatura de imaginación.

de El forajido sentimental de Fernando Sorrentino (Losada 2011)

jueves, 8 de mayo de 2008

José Saramago



"Autoritarias, paralizantes, circulares, a veces elípticas, las frases de efecto, también jocosamente llamadas pepitas de oro, son una plaga maligna de las peores que pueden asolar el mundo. Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a uno mismo no fuera la quinta y más dificultosa operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Empezar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrrollado del que basta tirar y seguir tirando para llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la segunda, hubiésemos tenido en las manos un hilo liso y continuo del que no ha sido preciso deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible en la vida de los ovillos y, si otra frase de efecto es permitida, en los ovillos de la vida... ...Puro engaño de inocentes y desprevenidos, el principio nunca ha sido la punta nítida y precisa de un hilo, el principio es un proceso lentísimo,demorado, que exige tiempo y paciencia para percibir en que dirección quiere ir, que tantea el camino como un ciego, el principio es sólo el principio, lo hecho vale tanto como nada