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jueves, 28 de marzo de 2019
viernes, 8 de febrero de 2019
DAVID ANTONIO SORBILLE
lectura de poemas de David Sorbille, durante la emisión del programa un caos lúcido por ragna rock, el 25 de octubre de 2018
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S,
Sorbille David,
un caos lúcido en radio
lunes, 21 de enero de 2019
ZULMA LILIANA SOSA
Poemas de Zulma Liliana Sosa leídos durante la emisión Nª 13 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 04 de octubre de 2018
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S,
Sosa Zulma Liliana,
un caos lúcido en radio
lunes, 8 de octubre de 2018
FLAVIA SOLDANO
Poemas de Flavia Soldano leídos durante la emisión Nª 11 del programa un caos lúcido por la ragna rock el 20 de serptiembre de 2018
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S,
Soldano Flavia,
un caos lúcido en radio
viernes, 21 de septiembre de 2018
GIANNI SICARDI
poemas de Gianni Sicardi leìdos en el programa radial un caos lúcido, por la ragna rock en agosto de 2018
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Siccardi Gianni,
un caos lúcido en radio
JORGE SPINDOLA
poemas de Jorge Spindola, leídos en el programa radial un caos lúcido por la ragna rock en agosto de 2018
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Spindola Jorge,
un caos lúcido en radio
LUCIA SERRANO
poemas de Lucìa Serrano, leídos en el programa radial un caos lúcido por ragna rock en el mes de agosto de 2018
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Serrano Lucía,
un caos lúcido en radio
viernes, 7 de septiembre de 2018
jueves, 9 de junio de 2016
Javier A. Saleh - Sujeto sobre uno avos
En la muestra, como llamó a la que cualquiera de
nosotros llamaría presentación de un libro, no quiso comentarios (lo oí decir).
Acá, en este blog, no lo sé. Tal vez, por el aguantador cariño que nos tenemos,
me lo permita. Quizá no y entonces, por el aguantador cariño que nos tenemos,
yo levante este post que pretende un entrar y andar por su libro apenas, tabanear la curiosidad,
encrespar al caballo.
En este mientras sin pausa, él escribe poniendo
los piés en el papel para no caerse. Yo no lo sabía. Me pregunto porqué lo
hace. Creí que sus pies siempre iban a los lados de su moto, como quién va
domando un potro, pero no.
Disiento con él en que el silencio es el último
método/ para entenderse con los demás, pero en el mismo poema comulgo: Sin
embargo los ojos mudos son una partitura que hay que interpretar/somos justo
ese miedo/de esta terrible rutina/donde nos palpan a cada minuto/para saber si
todavía/técnicamente/estamos temblando.
Me pregunto si es su yo en estado de frontera el
que duda. no es ésta nuestra última poesía/aunque se prediga la huída/de la
propia ventana (...) Sin embargo/ ahí están los peces/ fuera del agua/dándose
respiración boca a boca.
Si finalmente escribir es el mar amarrado a una
isla/ es hundir las manos en el papel/ y buscar en la hoja en blanco/ como si
bajo la pluma hubiera/ una mujer que no nos ama...
No ordena sus amores en las parcelas
correspondientes, no porque anden desperdigados confundiéndolo. si no porque
todo es uno y lo mismo: Sé que el fútbol no es cultura./ Cultura era
quererte/esperarte era el ejemplo de la izquierda que nadie vota,/hoy que tu
hijo no tiene mi apellido ni mis ojos/ sigue habiendo en la pared la palabra amor...
Y llega Edipo alrededor de ella: Tocar la foto
de vos sin intemperie/ es un puñado de verdad en los ojos, (...) No
debiste dejar el corpiño/ como señalador de Kafka. (...) Es que hay cosas
que vos no sabés/ las clases de natación, por ejemplo/ que vos pensabas que
eran un amante/ fueron para aguantar/ la respiración en tu boca.
Siguen esos dedos soltándose/ convertidos en
mirada de soslayo/ como cuando el aire libre/ respiraba por nosotros/ y la
lluvia era mi boca seca/ de un cielo clavado a tus pies/ la encía muerta de
hambre/ tu nombre creciéndome/ en las orejas acostumbradas/ al eco de una saliva
que ya no está/ la memoria de una transpiración/ todavía dando sombra.
Le atribuyo preguntas retóricas:
¿los ciegos, cuando mueren, no ven, la muerte
venir?
¿no está Dios ahora sintiendo los dolores de los
clavos?
¿qué cuenta hizo Jesús con los panes?
Y respuestas retóricas:
Te están educando para tener hambre/ a la hora que
abren los restaurantes/ para dar nombres y apellidos/ para exagerar tu inglés
tu quechua/ discar el número de la policía/ contar las noches que no soñás/ las
cruces y la cantidad de sombra/que hacen los barcos hundidos. (…) Les están contando un cuento / (antes de dormir) /
para soñar con otra cosa / les dibujan un después pequeñito / y como el mar /
la sangre no se termina nunca
No hay autorretrato sin madre, ni madre sin muerte,
ni muerte sin dogma cuestionable, ni se puede cuestionar el dogma sin al menos
un poco de fé en el autorretrato
a esa quietud se fue / bien futuro con rueditas /
bien ex mamá al tacto / ella no volverá de náufrago / en la saliva que no
tragué/ y con su ideología de oleaje/ no será una sangre indeleble / que
salpica (…) sin embargo a veces/ acomodándose del lado sano/ la sueño
volviendo/ en una pierna/ como a saltos de embolsados/para que mi vía Apia/con
su cara en coma farmacológico/ sea menos bíblica
Todos somos culpables hasta demostrar que Dios es
inocente./Se elige por amor un paro cardíaco/ se elige la muerte por extrañar
lo muerto
la ley de gravedad/se le cayó a Dios en un
descuido/Dios se cree Dios/y sigue caminando de acá para allá/ sin levantar los
ojos del cielo
pudo haber sido Javier Saleh
y fue muerte hora local
su única identidad
será abrigo de pasto
hacia todo lo que no es dolor
y ni siquiera le sirvió a la poesía
(extrañará tropezar con esa piedra)
lunes, 8 de febrero de 2016
Juan José Sena
El viento sopla ahora en las acacias, como la noche aquella
en que se enloqueció la tierra y mi hermana decidió morirse. Sopla como un
fantasma y arranca el alma de la primavera que ya debiera estar por empezar a
hermosearse. Ruge como cien toros, como perros con hambre. Es una sola furia
que arranca de cuajo lo único que nos está quedando de verde mustio en este
suelo amargo que Dios ha puesto en abandono. Porque no nos llueve ni una
lágrima desde hace meses y aquí se está empezando a resquebrajar lo que pisamos
y más allá, en la loma, se está formando como un sueño de arena.
Allá se está adunando la venganza y amenaza venírsenos
encima, con esa bronca ciega de la tierra, que no perdona, y como Dios tiene la
vista en todas partes pero además es sordo, nos estamos quedando con las manos
vacías y el despojo. Aunque mi abuela le siga prendiendo velas al santo que se
trajo de Italia y se nos vinieron encima los gitanos para pedirnos fruta y mi
abuelo se la negó y además les puso en las orejas la cuestión verdadera de que
venían a jodernos y que mejor sería que nos dejaran en paz y se fueran bien
lejos con sus mujeres y sus perros. Entonces fue cuando se bajó de una potranca
una gitana gruesa como el aljibe, con una cara roja como el infierno y unos
ojos que se me clavaron en la frente como un alambre oxidado. Se paró frente al
abuelo que estaba sin moverse junto a la parva y tenía la horquilla fuerte en
la mano y, después de mirarlo con esa fijeza que tienen los chimangos, le echó
una maldición y todo el mal aliento de su boca de trapo. Le dijo algo así como
que se nos iba a morir la tierra y se nos iba a envenenar las raíces de los que
dan sombra. No habló mucho la vieja pero fue lo suficiente para que el cielo se
nos echara atrás. Recuerdo que una nube muy negra le emponchó la cara al sol
por un rato, todo el tiempo que la vieja gastó en encimarse a la potranca. Pero
antes de montar volvió a mirarme más torcida y lo que se me clavó en alguna
parte que ya no sé si era la frente o el corazón fue un miedo sucio, hediondo y
viejo como ella misma, algo así como la noche aquella en que dormí al sereno y
a una araña se le dio por anidarme la oreja. Me miró fijo y escupió. Entonces
yo desvié la mirada y le seguí el gargajo hasta la tierra donde lo vi empollar
como un insecto que ya nos empezara a envenenar el patio. Después escuché que
se decían algo entre ellos en una lengua enrevesada y voz aguardentosa. Lo miré
al abuelo y el abuelo seguía estaqueado allí donde se apostaba siempre que
había que despedir a algún extraño que nos venía a robar tiempo. Ya había dicho
las dos palabras claras que él sabía decir con voz definitiva siempre, y nos
más iba a vérsele mover la barba de la cara para adobarle la partida a nadie.
Los gitanos acabaron por irse y yo primero me subí a la tranquera y después al
molino porque quería asegurarme de que no se nos apostaban por allí cerca, en
una isleta de eucaliptos donde sabían acuartelarse los linyeras, y porque
además me gustaba ver el caer del sol sobre sus colorinches, me gustaba ver el
traperío que flameaba en los carros a esa hora en que un vientito dulzón sopla
del lado en que se muere el día. Así fue que me quedé allá arriba hasta que
todo se escondió. Los gitanos tomaron el camino que lleva al pueblo y en
derredor de nuestra casa volvió a sombrear el silencio, pero el silencio como
fondo, porque por encima de el se escuchaban los ruidos y las voces que a esa
hora de la tarde venían desde el horizonte con una claridad de tono que no se
percibía durante el día. Tan pronto eran perros que ladraban, como carros que
volvían del monte, y su rodar cansado despedía por las ruedas como un gemido de
gato herido. A veces era el pitido de una locomotora que se detenía en la
estación, apenas un instante, y yo pensaba en mi madre, que hacía un año yo
había llevado en el sulki hasta ese tren que nunca más la trajo, y me ponía a
pensar lo lindo que sería tener que volver a atar el malacara al sulki para ir
a la estación a buscarla, volviendo desde lejos, de una ciudad donde le habían
remediado el corazón enfermo y ya no se volviese a ir. Fue esa noche misma,
cuando ya nos habíamos ido a la cama, y estábamos todos bajo el calor de las
cobijas y con los ladrillos que la abuela nos ponía en los pies, envueltos en
franela, para que no se nos enfriara el cuerpo; en ese instante en que se nos
cierran los ojos de mirar el mundo y se nos abren los de adentro para mirar el
sueño; cuando la sangre se pone remolona, y lenta se va paseando por las venas,
y uno se vuelve a sentir el niño protegido por una madre que lo arropa y lo
vela mientras afuera están los árboles sin madre, con una luna fría sobre las
hojas en que juega la escarcha; en ese instante, digo, el viento, que como de
costumbre se escuchaba barrer y silbotear sobre las chapas, empezó a desatar un
rencor concentrado. Primero fue un sonido como de animal que se arrastra
babeando algún mal trato. Después un aguijoneo como de ramas que se abaten
torcidas por el temporal, hasta que llegó un momento en que, como arrojado por
el vientre del cielo, algo espantosamente grande y ardiente cayó junto a la
casa y pareció sumirse en el pozo del agua, porque se escuchó un barboteo
provocado por algo pesado que se hundía al tiempo que las gotas salpicaban las
puertas y los muros como si los estuviera asperjando el demonio.
El alarido de los caballos era la única respuesta que
escuchaba la furia, porque la abuela le hablaba a su Dios en un lenguaje
inaudible, un cuchicheo secreto entre ella y él, enamorada sin correspondencia,
y aún no resignada a sus desdenes. Ni a sus sadismos, porque no sé si aquello
era su obra o la de su enemigo. Pero sea quién fuere —Dios o el Diablo—, cuando
la abuela no había todavía acabado de circundar su gran rosario, y cuando ya
todos nos habíamos desprendido del lecho para aventosarnos ante la ventana de
la cocina a mirar cómo se nos iban partiendo quejumbrosos los árboles; en ese
instante, digo, con ruido seco y bronco, y como desprendidas por una sola mano,
empezaron a volarse las chapas y quedamos sin techo.
Entonces fue cuando mi hermana empezó a enloquecer. Sus
ojos, azules como cuando amanece, se le hincharon de sangre, se le amorató la
cara y con sus afiladas uñas se desgarró la ropa y huyó de nuestra casa
gritando como una urraca herida. No pudimos seguirla, porque el viento nos
hacía rebotar hacia el interior oponiéndonos un invisible obstáculo. A ella, en
cambio, la tempestad la empujaba hacia la altura del molino y nosotros veíamos
sus harapos blancuzcos ascendiendo con lento roce los peldaños que conducían a
la torre, como si en torno de ella el vendaval formara una invisible campana
que la aislaba en su vientre de lo que en torno era un azote ciego.
Después el viento no sopló más y la lluvia cesó. Entonces
sentí como que el viento y la lluvia se habían estado amando desesperadamente
en nuestra cara, como si todo fuera un placentero lecho para ejercer el
frenesí, la gran locura sensual de los rigurosos elementos; sí, aquello era un
endemoniado abrazo entre dos sexos portentosos que habían saciado su fervor en
lo nuestro y habían engendrado destrucción y demencia. Vi aparecer de nuevo la
cara gruñidora de la gitana vieja, que había sido la tercera, la celestina
mañosa que había concertado semejante cita para placer de los demonios del
viento y de la lluvia, y comprendí el sentido que tenía el pecado de fornicar
que la catequista había tratado de hacerme entender inútilmente.
El abuelo me mandó que subiera a lo alto del molino donde el
cuerpo de nuestra hermana se balanceaba todavía. Sus cabellos se habían
enredado en las aletas de la rueda y una línea muy negra le recorría el cuello.
Por allí el filo de la chapa le había llegado a la garganta. Pero no había
sangre. Y tenía los ojos —sus ojos tan celestes— inmensamente abiertos, pero ya
no miraban esta tierra sino que estaban vueltos hacia adentro, así como yo
creía que debían volvérsenos a todos, cuando llegaba la hora de dormir, para
mirar el sueño. (APP)
de Selección de cuentos, Dirección Provincial de Cultura de
La Pampa-Municipalidad de la ciudad de Santa Rosa, Santa Rosa, 1973.
domingo, 8 de noviembre de 2015
Poesía a la vista -

"Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los frances que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío" Albert Einstein
De las travesuras de Don Albert Einstein
Fue debajo del alboroto de sus cabellos,
de la indómita fronda donde la materia
en adelante llamado "masa" y la ráfaga
en adelante llamada "velocidad de la luz",
que se sentaron a la misma mesa en la energía
y del mismo plato comieron.
Luego, nada esperó la tierra
para darse vuelta como guante
y nada esperó el tiempo
para quebrar cada certeza
y nada la razón para desordenarse.
"La duda le arrebató el trono a Dios"
(Se lamentan los monjes)
Y sentencian los monjes:
"El alzado, el instigador, será condenado".
En la pantalla grande se lee:
"todo es relativo, absolutamente todo,
salvo para el ojo del observador"
que afirma:
"todo es relativo, absolutamente todo..."
Marcos Silber
Berna, 1905
La lucha a muerte o a vida entre el
Caos o Disolución y la Forma que lo
contenga (esto es: la retícula de Espacio-
Tiempo que torne habitable tal
contienda) a punto estuvo, en el remoto
1905, de provocar el luminoso espanto en la
Oficina de Patentes en Berna, y todo por
el cúmulo de signos proliferantes y de abstrusos
desvaríos, con ejemplos de focos de
luz proyectados hacia adelante y hacia
atrás, a bordo de interminables trenes en
marcha a todo vapor, luces que a los ojos
de un asombrado espectador en tierra firme
parecerían trastrocar su velocidad relativa y
es que aquel alucinado tren estaba en
veloz marcha y por añadidura la Relatividad
afectará a la luz mismísima y así es cómo dos
mellizas se separan y una viaja a girar en el gran
cosmos, y la que queda en Tierra habrá de ser
algo más vieja que la hermana cósmica cuando
a abrazarla ésta regrese, a todas luces sumamente
emocionada (y pensando: Mi hermana tiene
hilos de plata en sus cabellos"). Y desde
entonces somos todos, hermanos y hermanas,
peregrinos o judíos errantes en las retículas del Tiempo.
Y todo ello por culpa del genial aburrimiento
de un joven Alberto Einstein, y sus Annalen
der Phisik, en 1905 y en una ya derruída,
quizás polvorienta, oficina de Patentes de Berna
Jorge Ariel Madrazo
Ediciones El Mono Armado 2015
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domingo, 10 de mayo de 2015
Juan José Saer
La orfandad me empujó a los puertos. El olor del mar y del
cáñamo humedecido, las velas lentas y rígidas que se alejan y se aproximan, las
conversaciones de viejos marineros, perfume múltiple de especias y
amontonamiento de mercaderías, prostitutas, alcohol y capitanes, sonido y
movimiento: todo eso me acunó, fue mi casa, me dio una educación y me ayudó a
crecer, ocupando el lugar, hasta donde llega mi memoria, de un padre y una
madre. Mandadero de putas y marinos, changador, durmiendo de tanto en tanto en casa
de unos parientes pero la mayor parte del tiempo sobre las bolsas en los
depósitos, fui dejando atrás, poco a poco, mi infancia, hasta que un día una de
las putas pagó mis servicios con un acoplamiento gratuito —el primero, en mi
caso- y un marino, de vuelta de un mandado, premió mi diligencia con un trago
de alcohol, y de ese modo me hice, como se dice, hombre.
fragmento de el entenado - 3ª edición - Seix Barral, 2002
jueves, 16 de abril de 2015
Lucía Serrano
transmisión
Fue en el borde exacto del abismo,
no en las orillas de un río manso.
Fue entre conversaciones olvidadas,
no en el sentido de las palabras.
Fueron signos navegando sus dominios,
los que me concedieron una naturaleza deseante.
Ame, la cárcel de ese ministerio.
Tanta libertad, encadenaba la vida de un ser solitario.
A veces, quedábamos a solas, tú y yo entre montañas,
amaneceres y océanos abiertos.
Siempre me enamorabas, me enamorabas, me enamorabas.
Inclinación natural a las transparencias.
Una mujer extraña, ángel o demonio,
a punto de ser castigada permanentemente.
No pacta con los hombres en contra de los hombres.
Le fue prohibido.
Difícil arte, transmitir las veladuras.
del libro “Blues para la Corona”
un verdadero infierno
Siempre
un
recuerdo
recuerda
a mis antepasados
muertos.
Después,
la
lluvia
lava
todos los ensueños.
Ya no busco a dios
entre las ruinas,
ahora
lo siento más alto,
el cielo
es
nuestro
Camarada de redes,
pescadores,
pescando
signos
inciertos.
Capitanes
que abandonaron
el
barco
para seguirnos.
Un verdadero infierno.
poema inédito
domingo, 28 de diciembre de 2014
Hubo un puerto de membrillo - David Antonio Sorbille
de Alicia Pastore (2013)
Hubo un puerto de membrillo,
un recuerdo de caricias, una rosa temblorosa
en la infancia sedienta de certeza.
Hubo piedad y silencio, un espejo deformado,
la muerte blanca, el olvido fatal,
la tierra y su vientre, la mugre de la guerra,
el deseo en la vigilia imaginaria del tiempo,
el amor y el destino que acechaba,
el viento de las rebeliones atravesadas por la locura
de una era inquisorial,
y la palabra que resiste, no entrega fácilmente
su jadeo en el torrente que viaja en el duelo,
en la danza del fuego, en el desafío que viaja,
en la niña que se mece en el columpio de la vida,
en el misterio de la verdad sin cielo
como rayo en fiesta de una poesía que se hace piel,
alumbra el momento,
créeme: que esto es
así!
lunes, 3 de octubre de 2011
el cuento de Borges sobre "el cuento de Borges" Fernando Sorrentino
Como se sabe, Norman Thomas di Giovanni tradujo al inglés la mayor parte de la obra de Jorge Luis Borges. Entregado a esa labor, estuvo, hacia el año 1970, residiendo bastante tiempo en Buenos Aires.
Yo lo conocí, ví como trabajaba y puedo asegurar que el hombre era inteligente, culto y capaz, y muy puntilloso en su tarea.
Por razones que ignoro, lo cierto es que la relación amistosa entre Borges y di Giovanni terminó por deteriorarse, y que el escritor argentino quedó resentido con su traductor norteamericano.
Por tal motivo, años más tarde consideró oportuno revelar cierta anécdota. Ésta se halla en las páginas 36-38 del volumen de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, PROA, 2000), lectura que, dicho sea de paso, me permito recomendar fervorosamente.
Borges y Alifano están conversando sobre el hábito de tomar mate, los errores que se cometen en su preparación, las ácidas consecuencias de una ingesta exagerada, etcétera. Ahora bien, el mate no solo es la infusión sino tamnién el receptáculo en que se lo bebe. La estricta ortodoxia puede adquirir diversas formas reprobables (un jarrito celeste, en el caso de don Isidro Parodi de los Seis problemas; un mate de madera, en el del autor de estas lineas; y hasta -horresco referens- un vasito de vidrio en los ejemplos más heréticos). Habla Borges:
- Yo tenía dos clases de mate, uno tipo galleta, y otro común, tipo jarrito. Ahora, caramba, he perdido ese hábito -se lamenta-. No me cae bien; aunque a veces suelo incurrir en algunos mates, quizá para despuntar el vicio, como decía mi madre.
Borges hace una pausa, ríe picaramente y sigue hablando.
- Yo no le conté a usted lo que me pasó con di Giovanni? -comenta-. Bueno, él había traducido un libro mío al inglés. En uno de los relatos hay un indio que queda moribundo después de una batalla; se arrastra hasta el degollador y pide que lo terminen de matar. Dice así: "Mate, capitanejo Payé quiere morir". ¿Sabe qué puso di Giovanni, en una llamada que hiso al pie del libro?: "Mate:infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado bombilla". A mi me parece asombroso que no se diera cuenta de que lo que pedía el indio era que lo mataran y no que le cebaran unos mates... No sé, era como si pidiera una cerveza Quilmes o una ginebra Bols.
No puede negarse que la historia es graciosa.
Sin embargo, las cosas sucedieron de manera muy diferente.
Primero, les sugiero a los amigos curiosos que, en las obras de Borges traducidas al inglés por di Giovanni, busquen esa llamada al pié de la página, para verificar exactamente como es la cita.
En seguida les digo que fracasarán en su busca. No existe tal nota al pié debido a que no existe traducción de ese cuento al inglés.
Y no existe tal traducción al inglés debido a que jamás existió ese texto en español.
Mientras un segmento del cerebro de Borges exponía ante Alifano qué clases de mate tenía en su casa, otro segmento inventaba simultaneamente la realidad del cuento, el episodio, el capitanejo, su nombre, la súplica, la traducción al inglés, la nota a pié de página.
La alegría de improvisar, el gusto por la hipérbole, el placer del humorismo se aliaron en Borges para adjudicarle a su ex amigo di Giovanni un grado de estupidez y de ineptitud que este se hallaba muy lejos de padecer: un brillante ejercicio, en fin, de literatura de imaginación.
de El forajido sentimental de Fernando Sorrentino (Losada 2011)
Yo lo conocí, ví como trabajaba y puedo asegurar que el hombre era inteligente, culto y capaz, y muy puntilloso en su tarea.
Por razones que ignoro, lo cierto es que la relación amistosa entre Borges y di Giovanni terminó por deteriorarse, y que el escritor argentino quedó resentido con su traductor norteamericano.
Por tal motivo, años más tarde consideró oportuno revelar cierta anécdota. Ésta se halla en las páginas 36-38 del volumen de Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, PROA, 2000), lectura que, dicho sea de paso, me permito recomendar fervorosamente.
Borges y Alifano están conversando sobre el hábito de tomar mate, los errores que se cometen en su preparación, las ácidas consecuencias de una ingesta exagerada, etcétera. Ahora bien, el mate no solo es la infusión sino tamnién el receptáculo en que se lo bebe. La estricta ortodoxia puede adquirir diversas formas reprobables (un jarrito celeste, en el caso de don Isidro Parodi de los Seis problemas; un mate de madera, en el del autor de estas lineas; y hasta -horresco referens- un vasito de vidrio en los ejemplos más heréticos). Habla Borges:
- Yo tenía dos clases de mate, uno tipo galleta, y otro común, tipo jarrito. Ahora, caramba, he perdido ese hábito -se lamenta-. No me cae bien; aunque a veces suelo incurrir en algunos mates, quizá para despuntar el vicio, como decía mi madre.
Borges hace una pausa, ríe picaramente y sigue hablando.
- Yo no le conté a usted lo que me pasó con di Giovanni? -comenta-. Bueno, él había traducido un libro mío al inglés. En uno de los relatos hay un indio que queda moribundo después de una batalla; se arrastra hasta el degollador y pide que lo terminen de matar. Dice así: "Mate, capitanejo Payé quiere morir". ¿Sabe qué puso di Giovanni, en una llamada que hiso al pie del libro?: "Mate:infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado bombilla". A mi me parece asombroso que no se diera cuenta de que lo que pedía el indio era que lo mataran y no que le cebaran unos mates... No sé, era como si pidiera una cerveza Quilmes o una ginebra Bols.
No puede negarse que la historia es graciosa.
Sin embargo, las cosas sucedieron de manera muy diferente.
Primero, les sugiero a los amigos curiosos que, en las obras de Borges traducidas al inglés por di Giovanni, busquen esa llamada al pié de la página, para verificar exactamente como es la cita.
En seguida les digo que fracasarán en su busca. No existe tal nota al pié debido a que no existe traducción de ese cuento al inglés.
Y no existe tal traducción al inglés debido a que jamás existió ese texto en español.
Mientras un segmento del cerebro de Borges exponía ante Alifano qué clases de mate tenía en su casa, otro segmento inventaba simultaneamente la realidad del cuento, el episodio, el capitanejo, su nombre, la súplica, la traducción al inglés, la nota a pié de página.
La alegría de improvisar, el gusto por la hipérbole, el placer del humorismo se aliaron en Borges para adjudicarle a su ex amigo di Giovanni un grado de estupidez y de ineptitud que este se hallaba muy lejos de padecer: un brillante ejercicio, en fin, de literatura de imaginación.
de El forajido sentimental de Fernando Sorrentino (Losada 2011)
jueves, 8 de mayo de 2008
José Saramago
"Autoritarias, paralizantes, circulares, a veces elípticas, las frases de efecto, también jocosamente llamadas pepitas de oro, son una plaga maligna de las peores que pueden asolar el mundo. Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a uno mismo no fuera la quinta y más dificultosa operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Empezar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrrollado del que basta tirar y seguir tirando para llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la segunda, hubiésemos tenido en las manos un hilo liso y continuo del que no ha sido preciso deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible en la vida de los ovillos y, si otra frase de efecto es permitida, en los ovillos de la vida... ...Puro engaño de inocentes y desprevenidos, el principio nunca ha sido la punta nítida y precisa de un hilo, el principio es un proceso lentísimo,demorado, que exige tiempo y paciencia para percibir en que dirección quiere ir, que tantea el camino como un ciego, el principio es sólo el principio, lo hecho vale tanto como nada
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