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viernes, 15 de enero de 2016

Paul Auster


Simplemente haberme detenido.
Como si pudiera empezar ahí 
donde mi voz se detuvo, yo mismo
el sonido de una palabra
que no puedo pronunciar
Tanto silencio hacer que nazca
en esta carne pensativa,redoble
de tambor de las palabras
adentro, tantas palabras
perdidas en el ancho mundo
Adentro de mí , y así haber entendido
que a pesar de mí
estoy aqui

Como si fuera el mundo.

jueves, 29 de abril de 2010

"La habitación cerrada" (fragmento) Paul Auster

Las vidas no tienen sentido, argumenté. Un hombre vive y luego muere, y lo que sucede en medio no tiene sentido. Pensé en la historia de La Chère, un soldado que tomó parte en una de las primeras expediciones francesas a América. En 1562, Jean Ribaut dejó a cierto número de hombres en Port Royal (cerca de Hilton Head, Carolina del Sur) bajo el mando de Albert de Pierra, un loco que gobernaba por medio del terror y la violencia. «Ahorcó con sus propias manos a un tamborilero que había caído en desgracia ante él», escribe Francis Parkman, «y desterró a un soldado, de nombre La Chère, a una isla desierta, a tres leguas del fuerte, donde le abandonó para que muriese de hambre.» Finalmente Albert fue asesinado por sus hombres en un levantamiento, y La Chère, medio muerto, fue rescatado de la isla. Uno pensaría que La Chère estaría a partir de entonces a salvo, que, habiendo sobrevivido a su terrible castigo, estaría exonerado de nuevas catástrofes. Pero nada es tan simple. No hay probabilidades que vencer, no hay reglas que pongan límites a la mala suerte, y en cada momento empezamos de nuevo, tan a punto de recibir un golpe bajo como lo estábamos en el momento anterior. Todo se vino abajo en la colonia. Los hombres no tenían talento para enfrentarse a un territorio virgen, y la hambruna y la nostalgia se adueñaron de ellos. Utilizando unas cuantas herramientas improvisadas, gastaron todas sus energías en construir un barco «digno de Robinson Crusoe» para regresar a Francia. En el Atlántico, otra catástrofe: no había viento, los alimentos y el agua se agotaron. Los hombres empezaron a comerse sus zapatos y sus justillos de cuero, algunos bebieron agua de mar por pura desesperación y varios murieron. Luego vino la inevitable caída en el canibalismo. «Lo echaron a suertes», escribe Parkman, «y le tocó a La Chère, el mismo desdichado hombre que Albert había condenado a morir de inanición en una isla desierta. Le mataron y con voraz avidez se repartieron su carne. La espantosa comida les sostuvo hasta que apareció tierra a la vista, momento en el que, según se dice, en un delirio de alegría, ya no pudieron gobernar su navío y lo dejaron a merced de la marea. Un pequeño barco inglés recaló sobre ellos, los trasladó a bordo y, después de desembarcar a los más débiles, llevó al resto como prisioneros ante la reina Isabel.

miércoles, 30 de julio de 2008

"El país de las últimas cosas" (Fragmento) Paul Auster

Anna Blume cuenta en una carta enviada desde una ciudad sin nombre, lo que sucede en "El país de las últimas cosas". Describe una tierra en la que la búsqueda de la muerte ha reemplazado a los avatares y negocios de la vida. Pero Anna intentará sobrevivir en ese país devastado, donde todo lo que existe es posiblemente el último ejemplar de su especie. Me acobarda el sentimiento de descubrir en éste párrafo (extraído de una obra escrita en 1987 y perteneciente al género de ficción) algo así como un poder profético en fuga hacia la realidad más verosímil.

¡Tantos de nosotros nos hemos convertido otra vez en niños! No es que lo hayamos buscado ni que seamos conscientes de ello. Pero cuando la fé desaparece, cuando comprendes que ni siquiera te queda la esperanza de recuperar la esperanza, entonces tiendes a llenar los espacios vacíos con sueños, pequeñas fantasías y cuentos infantiles que te ayuden a sobrevivir. Hasta a la gente más endurecida le resulta difícil contenerse; de repente dejan lo que están haciendo y se sientan a hablar de los deseos que han ido brotando en su interior. La comida, por supuesto es uno de los temas favoritos. Es frecuente escuchar a un grupo de gente describiendo una comida hasta en sus más mínimos detalles (...) Uno no debe reírse ni permitir que el hambre lo consuma, nada de estallidos emocionales, ni de suspiros imprevistos (...) Para obtener los mejores resultados hay que dejarse llevar por las palabras de los demás, de este modo, es posible olvidar el hambre y penetrar en lo que la gente llama "el ámbito del limbo alimentario". Incluso hay algunos que creen que estas conversaciones pueden tener un valor nutritivo si se llevan a cabo con la concentración suficiente y un sincero deseo de creer en las palabras de aquellos que participan.

Todo esto pertenece al "lenguaje fantástico" (...) Cuestiones absurdas e infantiles, sin significado ni posibilidad de convertirse en realidad. (...) Puedo entender por qué la gente se presta a este tipo de juegos, pero yo no podría hacerlo. Me niego a hablar el lenguaje fantástico y en cuanto escucho a otros haciéndolo, me aparto o me cubro los oídos con las manos.