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viernes, 6 de octubre de 2017

Leonel Pirosanto


Sí, lo rocé con el hombro, se cayó y se hizo mierda -dije-; mamá miraba desde el sillón, entreverada en la oscuridad del comedor, sonriendo con los ojos.
-Ahora, a bancarse los siete años de mala suerte- y eché una risa de dos sílabas torciendo la boca a lo Sean Connery, suponiendo que ella me veía hermoso. Le pregunté si quería un té y asintió con la cabeza.
En la cocina, esperando la rebelión del agua sobre el fuego, un temor desconocido, un vértigo infantil, una duda agobiante... todo se mezcló en una detención brusca de mí mismo. Como si despertara, encaré hacia el comedor con la taza dibujando dos líneas de vapor en la penumbra; iba resuelto a inclinarme sobre el sillón de mimbre y a guardarme ese olorperfume irrepetible y abrazarla y apretarla demasiado -yo lo hacía como un juego- hasta que soltara una carcajadita adolorida-, a sentir el roce del pelo un poco crespo en mi cara y si me animaba, hasta le iba a decir "te quiero" arrastrando las letras como un bobo.

Pero ya no estaba. Se había ido con el vapor del té.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Mario Bellatin



Pero regresando a los peces, en cierto momento también me aburrí de te­ner exclusivamente Gupis y Carpas Doradas. Creo que se trata de una de­formación de mi personalidad: me canso muy pronto de las cosas que me atraen. Lo peor es que después no sé qué hacer con ellas. Al principio fue­ron los Gupis, que en determinado momento me parecieron demasiado insignificantes para los majestuosos acuarios que tenía en mente formar. Sin ninguna clase de remordimiento dejé gradualmente de alimentarlos. Tenía la esperanza de que se fueran comiendo unos a otros. Los que que­daron vivos los arrojé al escusado, de la misma forma como lo hice con aquella madre muerta. Así fue como tuve los acuarios libres para recibir peces de crianza más difícil. Los Goldfish fueron los primeros en los que pensé. Sin embargo recordé que eran demasiado lerdos, casi estúpidos. Yo quería algo colorido pero que también tuviera vida, para así pasarme los momentos en los que no había clientas observando cómo los peces se per­seguían unos a otros, o se escondían entre las plantas acuáticas que había sembrado sobre las piedras del fondo.


de salón de belleza (Obra reunida) Mario Bellatin

lunes, 22 de mayo de 2017

Abcón Ubidia


Cuando aparecieron los primeros relojes digitales me apresuré a comprar uno en la tienda de Hans Maurer. Apenas fue mío comprendí el verdadero alcance de mi decisión. No me asombraba la ausencia de ruedecillas dentadas, resortes, áncoras y clavijas. No me asombraba el fluir de la corriente por el laberinto de circuitos integrados y cristales de cuarzo. Tampoco la pérdida del tic tac, que durante tantos siglos fuera la verdadera música del tiempo.

Me asombraba la diminuta pantalla que había venido a sustituir a la esfera de manecillas.

Al enjuto, enigmático reticente Maurer, le explico bien: la esfera marcada nos recuerda una concepción del mundo protectora y de algún modo feliz: el tiempo da vueltas. Cada culminación es un nuevo comienzo. No hay ruptura entre las partidas y los arribos. El pasado y el presente y aún el futuro se muestran ante nuestros ojos en una continuidad circular. Las agujas abandonan con pasos de hormiga aquello que ya no es y siguen en pos de aquello que indefectiblemente será. Uno puede ver su camino. Señalar su retorno. Y al verlas uno puede decirse que los días se repetirán siempre con sus mañanas y sus noches. Que los ciclos existen. Que nos repetiremos también en nuestro hijos como nuestros padres en nosotros. Que perduraremos.

De pronto la maldita pantalla digital viene a cambiar todo esto. Los números aparecen y señalan un presente puntual. Cada instante es distinto del que le precede. Los números emergen o se hunden en una nada sin rastros. Allí no existen decursos sino reemplazos. El tiempo asoma abierto. Ha perdido su rumbo circular y carece de límites. Es apenas un presente instantáneo. El futuro es un desierto blanco y helado. El pasado se esfuma. Es un abismo también blanco que se abre y desmorona detrás de nuestros talones con cada paso que damos. Yo no sé si otros verán lo que yo veo ahí: una soledad infinita. El abandono. La total desprotección. Estos relojes han venido a enseñarnos nuestra orfandad. La gran mesa redonda que juntaba tantas cosas no existe más.

Hans Maurer, sonríe. Pero yo insisto:

–Es posible que cada edad invente los instrumentos con los que se mide a sí misma. Es posible que cada era escoja sus propios modos de entenderse, según sea su propia conveniencia. La forma circular de engranajes, esferas y movimientos de los relojes mecánicos (con sus ejes obligados), no sería entonces casual ni el fruto de una necesidad puramente física. Sería, pues, aparte de lo ya dicho, la realización de una búsqueda la de un centro ordenador, la de un sentido central que lo organice todo. Temo, entonces, y no me avergüenza confesarlo, que los relojes digitales, aparte del tiempo, estén midiendo además otro continente que no alcanzo a comprender bien. Tal vez el de un gran desierto blanco, vacío, sin centro, y sin sentido.

De tarde en tarde (a pesar de nuestra mutua repulsión) me llego a la tienda de Maurer. Examino cada modelo que él me muestra. Tengo la esperanza, cada vez más vaga, de encontrar algo cualitativamente distinto que pueda reemplazar al reloj digital que él me vendió.

En este ir y venir de su tienda, hace poco Maurer me jugó una mala pasada: me ofreció el único reloj que yo no quería poseer. Algún demonio macabro lo había inventado hacía muy poco. Estaba equipado con sensores que detectaban los signos vitales de su dueño. Por eso tenía (sí) manecillas. Pero estas giraban en dirección contraria a la usual. Giraban al revés. Y su marcha se aceleraba conforme se aproximaba la muerte del usuario.

La sonrisa de Maurer se abrió como un hueco negro en su cara blancuzca cuando me lo ofreció.

Sabía que entre el horror que palpitaba, silencioso, en mi reloj de pulsera y aquel otro, burdamente físico, que exhibía en su mano extendida, yo no podía escoger.

cuento breve


miércoles, 4 de enero de 2017

Guillermo Samperio


...Al doblar en el callejón de su casa, sintió que el ojo enorme se encontraba ya sobre sus cabellos, su rostro, su bufanda, su suéter, sus pantalones. Se detuvo y le vino una especie de vértigo semejante al que se experimenta en los sueños en que la persona flota sin encontrar apoyo ni forma de bajar. Ofelia sabía que estaba a unos cuantos metros de su casa, en Coyoacán, en su ciudad, sobre la Tierra, pero al mismo tiempo no podía evitar la sensación del sueño, ese vértigo a final de cuentas agradable porque el soñador en el fondo entiende que no corre peligro y lanza su cuerpo a la oscuridad como un zepelín que descenderá cuando venga la vigilia. Ofelia siguió parada en el callejón, intentando entender; en voz baja se dijo: “No es un desmayo ni un problema psíquico. Esto no viene de mí, es algo ajeno a mí, fuera de mi control”. Se movió lentamente hacia la pared y recargó la espalda. La sensación se hizo más densa en su delgado cuerpo, como si la niebla del callejón se hubiera posado en ella. “Ya no es que me estén observando; es algo más poderoso.” Se llevó una mano a la frente e introdujo sus largos dedos entre el cabello una y otra vez; sobresaltada, comprendiendo el hecho de un solo golpe, se dijo: “Estoy dentro del ojo”...

fragmento de "ella habitaba un cuento"  (fragmento)

domingo, 24 de abril de 2016

Clarice Lispector



(...) No debo acusarme. Tengo que buscar la base del egoismo: todo lo que no soy, no me puede interesar, es imposible ser algo que no se es -sin embargo yo me excedo a mí misma incluso sin el delirio, soy más de lo que suelo ser normalmente-; tengo un cuerpo y todo lo que haga es continuación de mi principio; si la civilización de los mayas no me interesa, es porque nada tengo dentro de mí que se pueda relacionar con sus bajorelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté hollando lo más vital sin saberlo; y esa es mi mayor humildad...

cerca del corazón salvaje - Siruela - 2002

domingo, 20 de marzo de 2016

Haroldo Conti


A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente porque no hacen otra cosa que escribir.

Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario de Mendoza. Y yo le he dicho que bueno, que sí a esa voz precipitada que se dispara desde algún rincón de esta madre Baires y atraviesa una milla de paredes, y antes de colgar la voz me ha dicho un día de estos tomamos un café y charlamos y yo he dicho que sí, que bueno y le he pedido a mi vieja que me sirva un café y bebo en honor de Paco este solitario café que de otra manera se enfriaría en el pocilio esperando el día porque aquí no hay tiempo realmente para las ceremonias del ocio y todo se reduce a voces y urgencias y paredes y señales.

Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a seiscientos kilómetros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, solo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte de Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy, y mira el mar después de cabalgar un día sobre el lomo de su chalana, porque es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza, y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan solo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, seiscientos kilómetros más abajo en el mismo atardecer.


Y entonces yo me pregunto a mí vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir, la de Lirio por ejemplo, que esta madrugada volverá al mar, de manera que se duerme y me olvida…

fragmento del cuento Los caminos

lunes, 8 de febrero de 2016

Juan José Sena


El viento sopla ahora en las acacias, como la noche aquella en que se enloqueció la tierra y mi hermana decidió morirse. Sopla como un fantasma y arranca el alma de la primavera que ya debiera estar por empezar a hermosearse. Ruge como cien toros, como perros con hambre. Es una sola furia que arranca de cuajo lo único que nos está quedando de verde mustio en este suelo amargo que Dios ha puesto en abandono. Porque no nos llueve ni una lágrima desde hace meses y aquí se está empezando a resquebrajar lo que pisamos y más allá, en la loma, se está formando como un sueño de arena.

Allá se está adunando la venganza y amenaza venírsenos encima, con esa bronca ciega de la tierra, que no perdona, y como Dios tiene la vista en todas partes pero además es sordo, nos estamos quedando con las manos vacías y el despojo. Aunque mi abuela le siga prendiendo velas al santo que se trajo de Italia y se nos vinieron encima los gitanos para pedirnos fruta y mi abuelo se la negó y además les puso en las orejas la cuestión verdadera de que venían a jodernos y que mejor sería que nos dejaran en paz y se fueran bien lejos con sus mujeres y sus perros. Entonces fue cuando se bajó de una potranca una gitana gruesa como el aljibe, con una cara roja como el infierno y unos ojos que se me clavaron en la frente como un alambre oxidado. Se paró frente al abuelo que estaba sin moverse junto a la parva y tenía la horquilla fuerte en la mano y, después de mirarlo con esa fijeza que tienen los chimangos, le echó una maldición y todo el mal aliento de su boca de trapo. Le dijo algo así como que se nos iba a morir la tierra y se nos iba a envenenar las raíces de los que dan sombra. No habló mucho la vieja pero fue lo suficiente para que el cielo se nos echara atrás. Recuerdo que una nube muy negra le emponchó la cara al sol por un rato, todo el tiempo que la vieja gastó en encimarse a la potranca. Pero antes de montar volvió a mirarme más torcida y lo que se me clavó en alguna parte que ya no sé si era la frente o el corazón fue un miedo sucio, hediondo y viejo como ella misma, algo así como la noche aquella en que dormí al sereno y a una araña se le dio por anidarme la oreja. Me miró fijo y escupió. Entonces yo desvié la mirada y le seguí el gargajo hasta la tierra donde lo vi empollar como un insecto que ya nos empezara a envenenar el patio. Después escuché que se decían algo entre ellos en una lengua enrevesada y voz aguardentosa. Lo miré al abuelo y el abuelo seguía estaqueado allí donde se apostaba siempre que había que despedir a algún extraño que nos venía a robar tiempo. Ya había dicho las dos palabras claras que él sabía decir con voz definitiva siempre, y nos más iba a vérsele mover la barba de la cara para adobarle la partida a nadie. Los gitanos acabaron por irse y yo primero me subí a la tranquera y después al molino porque quería asegurarme de que no se nos apostaban por allí cerca, en una isleta de eucaliptos donde sabían acuartelarse los linyeras, y porque además me gustaba ver el caer del sol sobre sus colorinches, me gustaba ver el traperío que flameaba en los carros a esa hora en que un vientito dulzón sopla del lado en que se muere el día. Así fue que me quedé allá arriba hasta que todo se escondió. Los gitanos tomaron el camino que lleva al pueblo y en derredor de nuestra casa volvió a sombrear el silencio, pero el silencio como fondo, porque por encima de el se escuchaban los ruidos y las voces que a esa hora de la tarde venían desde el horizonte con una claridad de tono que no se percibía durante el día. Tan pronto eran perros que ladraban, como carros que volvían del monte, y su rodar cansado despedía por las ruedas como un gemido de gato herido. A veces era el pitido de una locomotora que se detenía en la estación, apenas un instante, y yo pensaba en mi madre, que hacía un año yo había llevado en el sulki hasta ese tren que nunca más la trajo, y me ponía a pensar lo lindo que sería tener que volver a atar el malacara al sulki para ir a la estación a buscarla, volviendo desde lejos, de una ciudad donde le habían remediado el corazón enfermo y ya no se volviese a ir. Fue esa noche misma, cuando ya nos habíamos ido a la cama, y estábamos todos bajo el calor de las cobijas y con los ladrillos que la abuela nos ponía en los pies, envueltos en franela, para que no se nos enfriara el cuerpo; en ese instante en que se nos cierran los ojos de mirar el mundo y se nos abren los de adentro para mirar el sueño; cuando la sangre se pone remolona, y lenta se va paseando por las venas, y uno se vuelve a sentir el niño protegido por una madre que lo arropa y lo vela mientras afuera están los árboles sin madre, con una luna fría sobre las hojas en que juega la escarcha; en ese instante, digo, el viento, que como de costumbre se escuchaba barrer y silbotear sobre las chapas, empezó a desatar un rencor concentrado. Primero fue un sonido como de animal que se arrastra babeando algún mal trato. Después un aguijoneo como de ramas que se abaten torcidas por el temporal, hasta que llegó un momento en que, como arrojado por el vientre del cielo, algo espantosamente grande y ardiente cayó junto a la casa y pareció sumirse en el pozo del agua, porque se escuchó un barboteo provocado por algo pesado que se hundía al tiempo que las gotas salpicaban las puertas y los muros como si los estuviera asperjando el demonio.
El alarido de los caballos era la única respuesta que escuchaba la furia, porque la abuela le hablaba a su Dios en un lenguaje inaudible, un cuchicheo secreto entre ella y él, enamorada sin correspondencia, y aún no resignada a sus desdenes. Ni a sus sadismos, porque no sé si aquello era su obra o la de su enemigo. Pero sea quién fuere —Dios o el Diablo—, cuando la abuela no había todavía acabado de circundar su gran rosario, y cuando ya todos nos habíamos desprendido del lecho para aventosarnos ante la ventana de la cocina a mirar cómo se nos iban partiendo quejumbrosos los árboles; en ese instante, digo, con ruido seco y bronco, y como desprendidas por una sola mano, empezaron a volarse las chapas y quedamos sin techo.
Entonces fue cuando mi hermana empezó a enloquecer. Sus ojos, azules como cuando amanece, se le hincharon de sangre, se le amorató la cara y con sus afiladas uñas se desgarró la ropa y huyó de nuestra casa gritando como una urraca herida. No pudimos seguirla, porque el viento nos hacía rebotar hacia el interior oponiéndonos un invisible obstáculo. A ella, en cambio, la tempestad la empujaba hacia la altura del molino y nosotros veíamos sus harapos blancuzcos ascendiendo con lento roce los peldaños que conducían a la torre, como si en torno de ella el vendaval formara una invisible campana que la aislaba en su vientre de lo que en torno era un azote ciego.
Después el viento no sopló más y la lluvia cesó. Entonces sentí como que el viento y la lluvia se habían estado amando desesperadamente en nuestra cara, como si todo fuera un placentero lecho para ejercer el frenesí, la gran locura sensual de los rigurosos elementos; sí, aquello era un endemoniado abrazo entre dos sexos portentosos que habían saciado su fervor en lo nuestro y habían engendrado destrucción y demencia. Vi aparecer de nuevo la cara gruñidora de la gitana vieja, que había sido la tercera, la celestina mañosa que había concertado semejante cita para placer de los demonios del viento y de la lluvia, y comprendí el sentido que tenía el pecado de fornicar que la catequista había tratado de hacerme entender inútilmente.
El abuelo me mandó que subiera a lo alto del molino donde el cuerpo de nuestra hermana se balanceaba todavía. Sus cabellos se habían enredado en las aletas de la rueda y una línea muy negra le recorría el cuello. Por allí el filo de la chapa le había llegado a la garganta. Pero no había sangre. Y tenía los ojos —sus ojos tan celestes— inmensamente abiertos, pero ya no miraban esta tierra sino que estaban vueltos hacia adentro, así como yo creía que debían volvérsenos a todos, cuando llegaba la hora de dormir, para mirar el sueño. (APP)

de Selección de cuentos, Dirección Provincial de Cultura de La Pampa-Municipalidad de la ciudad de Santa Rosa, Santa Rosa, 1973.


domingo, 31 de enero de 2016

António Lobo Antunes


Once y siete de la noche, levanto la cabeza hacia la ventana de la cocina y veo, repetido en el cristal, a un hombre que escribe sentado a la mesa, con una de sus manos en el papel y la otra en la frente. En la encimera, naranjas, frascos transparentes que brillan, un frasco oscuro entre los frascos transparentes(¿qué tendrá dentro?)y a mi alrededor y a través de mí luces de casas, árboles negros, la lluvia que multiplica los movimientos y les cambia el color, ora azules, ora amarillos, ora casi rojos. Ahora es la mano que sujeta la pluma la que recorre la frente con los dedos, despacito. Vuelvo a escribir y el hombre escribe también. Yo escribo esto. Él, aunque me imite en todo, juraría que escribe cualquier otra cosa. ¿Qué? Poniéndome en su lugar, supongo que imagina que soy yo quien escribe cualquier otra cosa. Probablemente, ninguno de nosotros escribe esto. Probablemente ambos escribimos cualquier otra cosa. ¿Cuántos seré?
No sé si os parecerá extraño lo que voy a decir, pero hay momentos en que siento junto a mí a las personas que han muerto

Automóviles en el viaducto, con faros que se duplican en el asfalto mojado. Los faros de los automóviles, redondos; los faros en el asfalto húmedo, alargados. Me rasco la cabeza, el hombre se rasca la cabeza. Intento no mirarlo.No sé si os parecerá extraño lo que voy a decir, pero hay momentos en que siento junto a mí a las personas que han muerto. Un peso de presencias como cuando sabemos, por un pálpito, en la espalda, que nos observan al pasar. Nos volvemos y es verdad: ahí hay una cara fija en nosotros que se desvía enseguida. La cara de un extraño o de una extraña que no volveremos a encontrar. Hay momentos en que da la impresión de que las cosas repiten mi nombre. ¿Qué harán las personas que han muerto cuando no están conmigo? ¿Cómo logran adivinar que estoy aquí?Cuando una persona escribe, todo se vuelve tan extraño: caminamos solos en un desierto de voces, de recuerdos que no nos pertenecen, de deseos ajenos. Dos más dos no da cuatro, da veintidós. Dostoievski afirmaba que dos más dos cuatro es una pared. Cuando una persona escribe, se instala en ella otra lógica que nos asusta. Al dejar el trabajo para el día siguiente, se tarda en volver al mundo de los otros, donde hay grifos, impuestos y periódicos. En el tejado contiguo al mío, un gato bajo la lluvia. Acaba encontrando refugio junto al canalón.Dentro de poco acabo esto, junto los folios y me levanto. Los golpeo sobre la mesa para emparejarlos. El António Lobo Antunes del reflejo golpea los suyos en el cristal para emparejarlos. Cuando se publique la crónica, ¿cuál de las nuestras saldrá?Doce de la noche y diecinueve en el reloj redondo. Hoy, el viento ha sacudido los árboles toda la tarde. Un mendigo viejo y una gitana con su hijo en brazos pedían limosna junto a un semáforo. El marido de la gitana echó al viejo. El viejo se acuclilló bajo la arcada de un edificio rezongando. Usaba una chaqueta sorprendente, a mitad de camino entre el oficial de Marina y el portero. Y pantalones galoneados. En una de las rodillas un remiendo con una tela diferente. Botas destrozadas. Un anillo en el pulgar. El marido de la gitana, en cambio, tenía una dignidad de embajador asirio. Los conductores de los automóviles ante quienes se inclinaban podrían ser sus criados. La gitana con el hijo en brazos desentonaba al lado de esta pareja de aristócratas: delgaducha, fea, con un defecto en el labio. El agua se le escurría del pelo, de la nariz, de la frente. Si siguiese lloviendo, las facciones se le escurrirían también y quedaría vacía. El viejo navegante fumaba como quien bebe zumos con pajita, hacía caer la ceniza con la uña veterana. Comienzo a luchar contra el sueño para acabar este texto. Es el reflejo el que abre la boca, no yo. Además, se parece cada vez menos a mí, me hace acordar al individuo con el que me encuentro por la mañana lavándose los dientes, todo párpados y sin afeitar, observándose a duras penas o instalándose en el bidé, sin quitarse el pijama, con la intención de seguir durmiendo. Abro la ducha para despabilarlo: allí está él, de pie detrás de la cortina, mirando el jabón y preguntándose-¿Para qué sirve esto?El jabón resbala en la bañera. Intenta cogerlo con el pie, atraerlo hasta el borde sin dejarlo caer, en una operación laboriosa. El jabón se asemeja a un caramelo gigante. Pensándolo bien, tal vez sería mejor publicar la crónica del hombre reflejado en la ventana de la cocina. Ninguno de los dos repara en el otro, él allá y yo aquí, imitándonos. Cuál de los dos entregó la moneda a la gitana que ni siquiera dio las gracias, la escondió luego en una especie de chal y salió de carrerilla bajo la lluvia hasta la marquesina de la parada del autobús donde un señor con gabardina fingió no verla, preocupado por una mancha en la manga, frotando, frotándola. En la encimera de la cocina, naranjas, frascos transparentes que brillan. No sé por qué motivo hay una rosa en un vaso. Medio seca, pobre, las hojas del tallo pálidas, los pétalos que poco a poco se ennegrecen. La cabeza de la rosa va inclinándose, inclinándose, acercándose a la mía. Ya no huele. Ningún automóvil en la calle. El gato ha desaparecido. Me llevo los folios y, al llegar a la puerta, me doy cuenta de que el hombre del reflejo sigue escribiendo. Publiquen su crónica y tiren ésta. De todos modos, no llegaré a terminarla.

lunes, 11 de enero de 2016

Conversación entre el carpintero Zimmer y el escritor Gustav Kühne - Friedrich Hölderin



Kühne: Se habla de una historia de amor.
Zimmer: Créame. No es así, en absoluto. Una vez cumplidos los treinta, el amor ya no
trastorna la cabeza. La causa de todo es su manía de saber y no la dama de Frankfurt. ¿Me mira usted con asombro? Ustedes, los de ahí abajo, tienen una idea equivocada de nosotros los suavos. Ustedes creen que no nos volvemos razonables antes de los cuarenta años. Pues bien, no; todo lo contrario. No hay suavo al que el amor le haga perder la razón una vez que tiene treinta años a la espalda...
Hay que tomarle como a un niño y entonces es dulce y amable... En tiempos yo le llevaba a
los viñedos. Me jugó toda clase de malas pasadas. En la actualidad se pasea solamente por el jardín. Se levanta con el sol. No puede soportar quedarse en casa y se va a pasear al jardín. Golpea el vallado, coge hierbas y flores, hace ramilletes y después los destroza.
Kühne: Los poetas alemanes no hacen otra cosa en toda su vida. Ninguno de ellos lo ha
hecho mejor.
Zimmer: Todo el día está hablando en voz alta, haciéndose preguntas y respondiéndose —
todo el tiempo—, y sus respuestas rara vez son afirmativas. Tiene un fuerte espíritu de
negación.
Kühne: Es la suerte que nos espera a todos cuando envejezcamos.
Zimmer: Cuando está cansado de haber andado se retira a su cuarto, declama al vacío con la ventana abierta, no sabe cómo desembarazarse de su gran saber. A veces se sienta a su espineta y toca durante cuatro horas sin cesar, como si quisiera hacer salir hasta la última brizna de su saber. Y siempre el mismo tono monótono, la misma cantilena, que uno ya no sabe dónde meterse en toda la casa. Tengo que dominarme con todas mis fuerzas para que no me estalle la cabeza. Pero por otra parte a menudo toca muy bien. Lo único molesto es el ruido de sus uñas demasiado largas. Es toda una batalla cortárselas... Cuando aún vivía su madre, le reprendí y le dije que estaba muy mal por su parte no pensar más en ella; y entonces reaccionó y le escribió una carta. Sus cartas eran completamente claras y como es debido, como escribiríamos usted y
yo: «¿Cómo te va, querida mamá?» y todo lo demás. Es verdad que una vez terminaba su carta diciendo: «Adiós, tengo estremecimientos, siento que debo terminar».
Kühne: ¿Aún escribe versos?
Zimmer: Casi todo el día...
Voy a advertirle una cosa. Usted habrá oído hablar de su hábito de otorgar títulos a todos los extraños que se le acercan. Es su modo de mantener a la gente a distancia. No hay que
confundirse, es un hombre libre a quien no le gusta que le pisen. Siempre está repitiendo:
«Nada ha de sucederme». Cuando empieza a estar harto y quiere irse, es suficiente que se le diga: «Quédese usted un poco más con nosotros, señor Bibliotecario». Puede usted estar seguro de que cogerá su sombrero, se inclinará profundamente y responderá: «Su Majestad ha ordenado que me vaya». De esta forma da a la gente lo que pueda desear, permaneciendo él libre.
Mire, cuando abruma a alguien con tantos títulos, es su modo de decir: «Déjeme en paz»... Pero aquí está... Hoy está de muy mal humor. Dice que desde esta mañana la fuente de la sabiduría está envenenada y que los frutos del conocimiento son sacos vacíos, engaños, ¿no? Se habrá usted fijado que estaba sentado sobre el manzano, rompía las ramas muertas y quitaba las hojas secas. Muchas veces sus palabras confusas encierran mucho sentido.

de Poemas de la locura de Friedrich  Hölderin 

jueves, 9 de julio de 2015

la imprecisa voz que me sueña - Inés Legarreta


A Inés Legarreta le suceden sueños. De cada uno extraería un párrafo  y lo trasladaría a este espacio, pero  eso sería injusto, precario y corrupto porque sólo estarían leyendo mi mirada sobre sus sueños. A eso lo llamaría expropiación, y nadie que se apropie de la mirada de otro merece el regalo de un libro.

Un apenas:

Cita a Pier Paolo Pasolini: la verdad no está en un sueño sino en muchos sueños.

Dice en el prefacio: Los sueños, en su desorden,  tienen un hilo conductor que los hace intrépidos y sordos, pantalla de atrás del telón, voz de lo deseado en boca de extranjeros.

     Y a puro golpe de poesía, va cincelando  sus sueños, velos que desgaja de uno en uno, y en cada desprendimiento suelta a la Inesdurmiente, que se expande sin prejuicios, la Inesdurmiente, su preferida, quizá porque todas caben en ella.

…Allí los cajones y los placares se abren y saco una maza de madera, de esas que se usaban antes para aplastar la carne de las milanesas. La maza ocupa todo porque va a aplastar a alguien que no veo…

…Entonces alguien me mostraba a un niñito mirando a través de una ventana: tenía en la foto (porque le habían tomado varias fotos) una expresión cerrada y pensativa que se le marcaba en las mandíbulas; cuando crezca tendrá que usar protector bucal como yo, pensé y me dio lástima. Era tan armónico y bello, y sin embargo, algo le dolía.

…Finalmente visitaba una feria de cachorros, había muchos señores sentados en bancos, y al frente, cajas con los perritos recién nacidos o de meses; al ver tantos animales amontonados para la venta sentí asco, miré el piso y estaba lleno de papeles sucios, gusanos, heces. ¿Cómo fue que había llegado hasta allí?

En la declaración de amor por otra mujer había un reproche hacia mí o yo, que no soportaba las palabras, las desviaba sin ningún pudor; en la escena, la pareja mirándose con embeleso y mi figura, disminuida por la envidia, una mosca callada, sin volar…

…Lo hubiese matado. No sé que cosas le dije cuando lo insulté. Él seguía con esa sonrisa puesta, un disfraz, mientras se desplazaba por el consultorio de papá como un mono. Así dormí: entre la vieja casa, mi casa y el deseo insoportable de matar.


Todo lo demás en la imprecisa vos que me sueña, Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano - 2014

sábado, 30 de mayo de 2015

María Rosa Lojo

Riguroso silencio 

Ella cantaba en riguroso silencio, cantaba en sueños envuelta en las palabras que los sueños prestaban como guantes oscuros.
Empezaba otra vez todas las noches la misma canción: los pasos torpes, los ojos dormidos, arrojada violenta, a contraviento, por la luz exterior.
Ella fuera de la luz del mundo, ella sin casa sólo con un guante para apretar gargantas de mudez. Ella sentada a la orilla de su canción, como el pescador sobre el agua vacía.

Estructura de las casas 

Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.
Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas.
Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas.
En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

de Esperan la mañana verde (1998)

La desapareciente 

A las mujeres que me educaron, de quienes Leónie Duquet, "desaparecida" hace veinte años, es hoy un símbolo. A las que siguen dando testimonio.

Donde las estrellas se quiebran como vidrio pulverizado, donde nada sino el idéntico relato del vacío que parte y vuelve sobre los trenes desvencijados de la tierra, allí te pusiste a levantar tu casa pieza por pieza como una miniatura de ladrillo para que jugaran con ella los inocentes, allí empezaste a cantar una canción que abría una puerta al cielo y otra del infierno para que salieran las almas de sus cárceles y se comunicaran tiniebla y transparencia.
Allí te pusiste a esperar para que algo sanara, para que algo creciera, para que algo viviera.
Ellos te decían que no: los que llevaban la materia más segura de las ciudades pegada a los zapatos y regresaban a los giros del mundo.
Te decían que no.
Te señalaban con cabezas distantes borraban la  memoria de tu casa entre calles de vértigo.
Pero esperabas, estabas esperando.
Y buscabas las trizas de la luz caída y regabas con ácido las cenizas de los muertos por injusticia.
Una noche te vieron disuelta los pasajeros.
Estabas en la tierra estabas en el aire, estabas en el agua estabas en el fuego.
Blanca te vieron en la ondulante claridad de todos los colores.
Pero te hundieron debajo de las ruedas.
Cerraron las ventanas y cerraron las puertas y cerraron los ojos.
Y les tendías los brazos desde lo impalpable pidiendo que lo que fue no hubiese sido, reclamando al poder miserable y a todos los poderes, y al que Es para siempre pero no puede pero no está salvo en los sueños de los hombres.
Y rezabas para que algo sanara para que algo creciera para que algo que viviera, para que el tiempo aprendiese a restañar y a retroceder.
Por el día de resurrección por el día de gloria por el día de cuerpos reconstruídos, arrojando tus rosas de ácido contra las puertas sordas de los trenes, tus rosas de ácido contra las puertas cerradas del paraíso.


de esperan la mañana verde (1998)

domingo, 10 de mayo de 2015

Juan José Saer



La orfandad me empujó a los puertos. El olor del mar y del cáñamo humedecido, las velas lentas y rígidas que se alejan y se aproximan, las conversaciones de viejos marineros, perfume múltiple de especias y amontonamiento de mercaderías, prostitutas, alcohol y capitanes, sonido y movimiento: todo eso me acunó, fue mi casa, me dio una educación y me ayudó a crecer, ocupando el lugar, hasta donde llega mi memoria, de un padre y una madre. Mandadero de putas y marinos, changador, durmiendo de tanto en tanto en casa de unos parientes pero la mayor parte del tiempo sobre las bolsas en los depósitos, fui dejando atrás, poco a poco, mi infancia, hasta que un día una de las putas pagó mis servicios con un acoplamiento gratuito —el primero, en mi caso- y un marino, de vuelta de un mandado, premió mi diligencia con un trago de alcohol, y de ese modo me hice, como se dice, hombre.


fragmento de el entenado - 3ª edición - Seix Barral, 2002

miércoles, 12 de noviembre de 2014

plumas - Marcelo Rubio


De las cuatro sólo una logró volar a tiempo. Es que el Wolks aceleró demasiado los últimos metros y ellas, distraídas en el confort de picotear migajas sobre el pavimento, no reaccionaron. El auto no fue la trampa, apenas el ejecutor del acto. No las oí emitir un sonido, sólo el golpe seco contra el paragolpes y la rueda destrozando el cuerpo de una.
Mientras esperaba el cambio de rojo a verde las plumas volaron por la avenida. Cuando subí al colectivo todavía se bamboleaban en el aire varias de color negro veteadas con banco y gris. Debía cruzar la ciudad para ir a casa de mi mujer. Al día de hoy me niego a ponerle el título de ex, no por una cuestión de propiedad o de orgullo, sino porque detesto viajar tanto tiempo para nada o tal vez por no darle a ella todo los gustos.
Ella vive en un lindo barrio fuera de la ciudad. Uno de esos nuevos, con casas rodeadas de amplios jardines donde hay suficiente espacio para la pileta de natación. La casa de mi mujer está pintada de color salmón y el tejado es de un verde oscuro. No estoy seguro si tiene un quincho en el fondo. Cuando llego, mi mujer -que quiere ser mi ex- me atiende desde la reja. Jamás he logrado traspasar ese vallado, incluso al momento de buscar a mi hija o dejarla de regreso.
El esposo de mi mujer es un artista consagrado. Cobra buenas sumas sólo por aparecer en algún programa de televisión. Desde que están juntos, algo más de diez años, ella ha crecido mucho en su profesión de arquitecta. Le sienta bien esta vida tranquila, relajada, lo digo sin haber compartido una charla porque, a decir verdad, no conversamos nunca en los últimos catorce años.
Sé que ella está feliz de no vivir cerca de mí. Según puedo ver, y aquí no hace falta confesión alguna, el barrio es tranquilo, calles asfaltadas recientemente, poco tránsito. Estoy seguro de que esas que en la ciudad no pudieron volar a tiempo, allí no tendrían problemas. Es tan largo el viaje que tuve tiempo de recordar al hombre que bajo la autopista cuida de las mismas que arrasó el Wolks, les pone alimento y mientras ellas comen las rodea con un cerco de alambre. Una tarea tan noble e inútil al mismo tiempo. Él vive en un rancho de cartón, tiene más problemas que mi mujer o yo, pero no le importa pasar horas procurando enseñarles a ellas cómo sobrevivir en la ciudad.
Mi hija tampoco tiene problemas serios, al menos que yo sepa. No es amante de vivir conmigo, quizá por mi mal humor o por la pequeñez de los tres ambientes de mi departamento. Viene algunos fines de semanas y desde que ha crecido cada vez lo hace con menos frecuencia. Lo único que ama de la ciudad es poder salir por las noches y con sus quince años volver a cualquier hora. Yo no pregunto nada ni exijo, le pido igual respeto sobre mis cosas. No pienso como mi mujer, creo que si algo debe pasar, pasará.
Puedo ofrecerle a mi hija comida y un cuarto confortable, yo, a su edad, ni siquiera tenía vida propia. Cuando me casé con su madre tampoco la tuve, al poco tiempo quedó embarazada y al tercer año, como no podía ser de otra manera, nos separamos. A mi mujer le llevó algún tiempo llegar al barrio donde las casas tienen jardines amplios y las calles ignoran lo que es el verdadero tránsito.
Mi hija, de quien estoy seguro también quiere el título de ex, suele decirme que todo mi departamento cabe en la heladera de su madre. No soy de llevarle la atención a ese tipo de comentarios, prefiero ignorarlos aunque por algún tiempo queden dando vueltas en mi cabeza. He soñado varias veces cómo meter mi departamento dentro de una heladera, dándole un orden lógico a los ambientes y logrando ventilarlo para que al llegar mi hija no perciba el olor a porro. Prefiero callar todos los resultados.
Aquella mañana de las plumas en la avenida, mi ex suegra me había dado un sobre con papeles para entregar a su hija. Ellas no se hablan desde ya no sé cuantos años, ni recuerdo el motivo, pero las mujeres tienen esa capacidad de memorizar cada palabra, cada pelea y el momento en que ocurrieron. Cuando nos hablábamos, mi mujer me recordaba discusiones de las que yo no tenía el menor registro de haber protagonizado, ofreciéndome detalles de horarios y lugares.
Mi ex suegra y mi mujer se pelearon y ninguna quiere oír hablar de la otra, yo soy el hilo que las une. Están pendientes de sus vidas a través de mí. Suelen preguntar “¿Cómo está ella?” y supongo que no oyen mi respuesta, pero necesitan hacer esa pregunta. Por suerte carezco de este tipo de problemas. Según conozco, mi madre murió el día que nací. Eso lo contó mi padre, que falleció cuando cumplí los dieciocho. El alcohol lo llevó a un límite que no lo dejó regresar y se llevó a la tumba cualquier secreto de mi niñez.

Volviendo al día de las plumas, llevaba documentos en el sobre que me había dado mi ex suegra. Bajé del colectivo sobre la ruta, caminé las dos cuadras hasta la casa salmón con tejas verdes oscuras No debía preocuparme por los semáforos ni los coches. Toqué el timbre y mi mujer vino hasta la reja. La monotonía fue algo que siempre dominó nuestra vida. Le extendí los papeles y ella hizo la pregunta de costumbre. Dije que bien, con sus dolencias, como siempre. Luego referí la historia de las tres que no pudieron levantar vuelo a tiempo. Mi mujer me observó igual que si aún fuera mi mujer y dio las órdenes para que el sábado pasara a buscar a mi hija; recalcó que fuera puntual, que llevara dinero para el remís y otras cosas imposibles de recordar porque yo pensaba en cómo logró seguir viviendo una y sonreí, comencé a comprender lo sucedido en aquella avenida.

sábado, 18 de octubre de 2014

Hasta ahí nomás - Mario Capasso


Dice Cortázar en su artículo Realidad y Literatura en América Latina:

"Y cada día que pasa me parece más lógico y más necesario que vayamos a la literatura -seamos autores o lectores- como se va a los encuentros más esenciales de la existencia, como se va al amor y a veces a la muerte, sabiendo que forman parte indivisible de un todo, y que un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y de su última palabra."

porqué cito a Cortázar? porque me tiende un puente hacia mi lectura de esta obra

La literatura no es algo funcional, sin embargo modifica la mirada del lector. En el caso de la microficción, y ésto lo he conversado con amigos poetas y microficcionistas, y más o menos todos nos ponemos de acuerdo en un punto: la linea que la separa del poema  es casi imperceptible. Y la poesía es ese lugar donde el lector ejerce su derecho a completar al autor.

Además: éste libro de microficciones en particular,  está escrito por Mario Capasso que ya de por sí es un autor que desde cualquier tipo de narrativa que aborde, conduce realidad y ensoñación en una misma traslación. llevándonos de la mano hacia sus historias, soltándonos y dejándonos circular libremente por ellas, pero siempre, de un modo o de otro, y por eso digo que el autor es quien conduce en una suerte de paternidad, siempre nos vamos a encontrar con una realidad y un punto de fuga de esa realidad,

Así nos encontramos con que para Capasso "el asombro" es un personaje que camina, habla, busca, resiste como un hombre: El asombro, con los ojos bien abiertos, durante el transcurso de un día soleado a más no poder, atravesó el umbral, cerró la puerta de su guarida y salió dispuesto a ver qué pasaba de nuevo en el barrio.

En "la imagen" hay tanta realidad, que el protagonista, al no soportarla, busca el olvido, desenfocando, como aquel personaje de una de las películas de Woody Allen: Después del primer trago, trató de concentrarse en el espejo ubicado detrás del mostrador. Quería verse representado en él: reconocerse en la imagen, su propia imagen allí reflejada. Al principio le costó bastante. No lograba enfocarse. Parecía que la imagen tuviera vergüenza, o temor y procurara borronearse.

En "el perro" un hombre sigue a un perro durante muchas cuadras pero en el medio de un breve fragmento nos encontramos con la disyuntiva: el hombre sigue al perro o lo imagina?, el hombre imagina al perro o el perro lo sueña?: lo imaginó dándose vuelta para el lado en que se sentía más cómodo y acurrucándose entre los trapos que le daban ese calorcito que tanto le gustaba, que desde siempre lo hacían sentir bien, que cada noche le facilitaban la entrada al sueño en el que un hombre lo seguía durante muchas cuadras.

En "la puerta" un hombre simplemente entra a un dormitorio, pero... escuchen: En una zona especialmente trabajosa, mientras manoteaba con fuerza para abrirse paso entre la vegetación, advirtió que por suerte la luz del velador, que alguien había dejado encendida, lo ayudaba a guiarse entre los árboles y las plantas, que parecían cubrirlo todo, salvo ese caminito que ahora él pisaba con un entusiasmo renovado y que poco a poco iba dejando atrás, al igual que iba dejando atrás la pesadilla en la que él mismo se veía envuelto en una especie de follaje que se le había metido en la habitación.


Premio Edición Luis Di Filippo - 2014 (Asociación Santafesina de Escritores)




sábado, 9 de agosto de 2014

letras cardinales (fragmento) Alejandra Mendé


…El tupá va el suelo por el Chaco bravío, fiero, impenetrable. Palpa la tierra con las manos, lleva el cuerpo con los codos hasta el tronco de un árbol infinito. Trepa como un gato girando el torso, como haciendo tolvanera. Calza el brazo en la horqueta. Aproxima los ojos desorbitados por el follaje.
Huele el hedor de otro hombre y espera…espera…espera. Asobinado, inmóvil entre las sombras de la hojarasca.
Bajo sus piés se viene pronunciando la figura del enemigo. Entonces, abre los agujeros de la nariz para respirarlo de asco. Chirrea los dientes para afilarlos. Toma, aprieta con los dedos el mango, filo y mano que empuña son un mismo trebejo, como encarnado.
Se apresta para el degüello y por fin lo abre, mudo…, para que el anochecer no le soporte el grito.

Despacha la carne del otro. La sangre lava el sudor del Tupá que se arrastra sobre la orfandad polvorienta de la muerte. 

de letras cardinales - editorial La Porteña 2013

lunes, 10 de febrero de 2014

La inmortalidad (fragmento) Milan Kundera



...cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la florería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florcita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo al que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo

...

había abierto la ventana y puesto la música a toda potencia para que la severa belleza de Bach sonara como una amenazadora advertencia a un mundo que ha elegido el mal cammino

domingo, 2 de febrero de 2014

Esteban Bedoya - La fosa de los osos (fragmento)


Habían pasado varios años desde que dejaron de utilizarse los centros colectivos de “formación”, no era necesario socializarse por medio de la escuela y tener que compartir piojos y juegos con niños de la misma serie. La tecnología y la escasez de recursos se impuso y el crecimiento de los humanos se dio en forma puramente individual y económica, ese fue el motivo para que los diálogos se perfeccionaran por medio de audifónos y micrófonos de alta definición, evitando en esa forma los contactos prematuros  entre sexos opuestos, colaborando eficientemente con la práctica de las buenas costumbres y con el control de la natalidad.

La fosa de los osos – Arandurá Editorial,  junio 2003
traducido al francés como La fosse aux ours (2005) y al alemán como Der Bärengraben (2009), publicado en Francia con el sello de la editorial La derniere Goutte.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

continuación de la nada - Macedonio Fernandez


El Universo o Realidad y yo nacimos en 1ª de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos como temen algunos.
En vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1ª de junio; sus tonos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos), pero los conocí después de nacer, como todo lo demás. Lo que me podría convencer sería el Arte, más gracioso y verdadero: un preludio de Rachmaninoff, una mirada creada por Goya, pero no es tan crédulo el arte, no abre la boca ante los cortejos de pompas fúnebres, como la historia...

Selección de escritos - Centro editor de América Latina 1968

domingo, 22 de septiembre de 2013

Emboscadas, Amores y Patrias - Roberto Romeo Di Vita

Que se rechifle el viento en los algarrobos, que sople el viento en el maizal dorado, que se rechifle el viento que juega con el sol y las nubes. Ya están llegando las carretas de Cuyo.
Las mulas de San Juan entraron por miles en los corrales de la casa a construir.
serán excelentes las remesas de millares, enviadas las minas del Alto perú.
Se esta construyendo una hermosa Casa grande, con piedras y cerámicos de Andalucía; llegaron guardadas com o un precioso tesoro luego de la larga travesía oceánica. Los cultivos han sido benéficos este año en los valles salteños, no faltará tabaco y maiz y carnes y mantas y vino patero y cuero crudo para las monteras y hermosas blusas, para las jóvenes de ojos blancos de la quebrada. 
La aloja será más dulce y el carnaval o misachico estará a la orden del día con todos los colores del arco iris, para hacerle una sinfonía al canto carnal de la tierra, aunque el Virrey y los regidores lo prohiban.
Porque hay lugares de la quebrada y de los valles donde las tropas de los servidores del Rey no pueden llegar, ni conocen. 
Las gentes de Martín lo saben y es parte del secreto de los pueblos. 
No hay como el misachico para despertar el fruto palpitante de la piel regada por el amor y el canto. Las mujeres del lugar lo saben, los hombres del lugar lo saben, los protoguerreros del lugar lo saben...

Emboscadas, Amores y Patrias - Roberto Romeo Di Vita (La luna Que - 2013)