miércoles, 16 de septiembre de 2015

Damián Andreñuk

   
A la orilla de un río

       Se disparó en la sien a la orilla de un río.
       Se volteó bruscamente y cayó sobre el pasto. Antes había susurrado
lo que consideró su último grito, su redención, su clamor definitivo.
Pero nadie lo escuchó (y no es lo que quería), nadie acudió para salvarlo.

         Al principio fue desesperante; se hundió con ranas y lombrices
que atacaron su piel. Descubrió sus dedos pegajosos mientras el hedor 
agotaba su cerebro. El pantano se hizo oscuro y la hierba húmeda
se desvaneció en un suave, hipnótico e infernal silbido.
         Luego sintió en su cuerpo la caricia de la lluvia
         “es como permanecer abrazado a ella”, pensó.
         Y se rodeó de tinieblas.  

   En el desastre y el desierto

He visto a Angélica tallando lo divino
    en las tablas ignoradas de otra Ley,
inyectándole a mi rostro
el lado amable de la vida,
esculpiendo su femineidad
en el más dulce de los sueños.

He visto a Angélica tras su mirada
(sus ojos de luz verde tras azules incendios),
he estado a solas con su alma en el desastre y el desierto
                  en un brilloso testimonio de lo imperecedero.


             Intemperie cotidiana

Yamila enseña en un silencio
el difícil evangelio de la Salvación.
La vieja y trágica sabiduría
      del no importa.

Puedo evocar su esencia
para vencer la muerte sigilosa
       y su intemperie cotidiana.
Para aliviar un llanto contenido.
Para ignorar a los envilecidos
       por delirios de espuma.

Porque ella desempolva dulcemente
                         la flor de la inocencia
    y revela su secreta familiaridad
con las criaturas inasibles del rocío.

                 Música y ofrenda

Un día a la vez y todos y todas en hileras
los grises ejércitos urbanos cumplen con el miedo
cuando la humanidad vale un bostezo y una lágrima.
Cada día es un ahora que se estira
en la medición equivocada que es el tiempo
y yo una música una ofrenda para nadie
cuando la más compleja trama entre lo permanente
y lo fugaz y lo inefable.

  Para entreabrir las sombras

  Princesa en tu reino a la deriva
  en el océano del momento,
  huye de aquellos que te ven
  y no se sienten vulnerables;
  de los maldecidos por el cuervo de la negación,
  de los anclados en la frágil envoltura
                             de las apariencias.
  Huye de aquellos que te roen el porvenir
  en los huesos del presente.

  Tus manos sirven para entreabrir las sombras.

  Te pido que recuerdes
  que una caricia basta
  para multiplicar un huracán
                   de mariposas.
  El aire dulce

  de diciembre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

éste es un blog que no obtiene beneficios económicos. Comentarios publicitarios abstenerse, gracias,,,